O estás conmigo o estás contra mí. Como en todo acontecimiento importante en un mundo polarizado, este pensamiento se multiplica cuando evaluamos la intervención del gobierno de Donald Trump en Venezuela y la captura de Nicolás Maduro. El debate pareciera estar dividido en dos posturas irreconciliables: por un lado, quienes piensan que EE.UU. hizo lo correcto al derrocar la letal dictadura y, por ende, cualquier preocupación sobre la soberanía de Venezuela es moralmente inaceptable. Por el otro, aquellos que apuntan a que las acciones estadounidenses violan el derecho internacional y tienen ambiciones imperialistas y, por ende, celebrar la caída de Maduro es inaceptable.
Sin embargo, la realidad resulta bastante más compleja. En su libro “La mente de los justos: por qué la política y la religión dividen a la gente sensata”, el psicólogo Jonathan Haidt explica cómo es que nuestras creencias no suelen ser producto de razonamientos lógicos, sino de intuiciones emocionales, rápidas y automáticas. Así, nuestro razonamiento suele servir –inconscientemente– para justificar aquello que ya hemos decidido intuitivamente. Este pensamiento, además, se manifiesta en forma de ‘tribus’, formadas en torno a temas divisorios, como política o religión. Cada tribu se considera moralmente superior y, por tanto, es ciega frente a cualquier lógica distinta. Es esta mentalidad tribal lo que genera que percibamos la realidad de manera binaria: nosotros, los ‘buenos’, versus ellos, los ‘malos’. Y nadie se salva.
Lo que viene ocurriendo en Venezuela no tiene una sola verdad, y no reconocer los matices es peligroso. Uno puede sentir alivio y alegría por la captura de Maduro y, a la vez, estar de acuerdo con que EE.UU. violó el derecho internacional y que el precedente es riesgoso. Uno puede creer que el derecho internacional no debe quebrarse y pensar, también, que en el caso de Venezuela el principio de no intervención debe repensarse. Se puede criticar a Donald Trump como líder político y, al mismo tiempo, afirmar que la situación en Venezuela era insostenible y que una solución interna estaba fuera de la mesa.
Mantenerse en una tribu es cómodo: valida nuestras intuiciones morales y nos protege de aquello que consideramos una amenaza. Pero flaco favor le hace al diálogo y a la construcción de puentes. Mientras nos mantengamos fieles a un ‘bando’, continuaremos siendo presos de narrativas rígidas y binarias, minimizando razonamientos válidos siempre que vengan de la orilla opuesta y renunciando a comprender una realidad compleja que, inevitablemente, integra matices. Y eso no es ser tibio o inmoral: es luchar contra nuestra propia ceguera.
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