La Navidad me da nostalgia. No puedo evitar pensar en la sucesión curiosa de símbolos que unen varias etapas de mi vida y varias generaciones, pues mis padres también veían esa pléyade de pinos, renos y nieve artificial. Es curioso: todos estos símbolos corresponden literalmente al otro lado del mundo donde anunciaban el solsticio de invierno y, por lo tanto, el día más corto del año. Este evento era celebrado con pinos y muérdagos que sobrevivían los cambios estacionales. Aquellos símbolos buscaban ser propiciatorios para que el sol siguiera alumbrando aún en el invierno. Llama la atención cómo esos viejos símbolos de antaño persisten en nuestro hemisferio sur donde, por el contrario, atravesamos un caliente verano y tenemos a un ejército de personas disfrazadas de Papá Noel derritiéndose de calor en esos trajes polares. Ritos de otras épocas, de otros espacios y otros climas caracterizan nuestra ya globalizada y comercializada Navidad.
No sé si por esa nostalgia o por mi propia búsqueda me he detenido a ver los nacimientos que aparecen en las calles, los negocios y las casas. A veces muy dramáticos, a veces muy rubios, a veces sobrepoblados, pero siempre recordándonos que el mismísimo hijo de Dios vino como un bebito indefenso y necesitó de unos padres amorosos. Los primeros en recibir la noticia fueron los pastorcitos, para también abrir espacio a otras religiones, como lo muestra la invitación a los sabios de Oriente, conocidos como “Reyes Magos”.
Hacerme tantas preguntas sobre los nacimientos me hace pensar que me falta humildad o que mi esnobismo académico me dificulta entender el verdadero mensaje, que tal vez sea tan simple como hermoso. Cuántas veces hemos hablado de Jesús desde una perspectiva de superioridad moral, o de buscar “realmente entenderlo” y sentir que formamos parte de su “verdadero grupo” de seguidores. Siento cada vez más que el mensaje es tan sencillo como lo fue su paso por la tierra: sembrar amor, escuchar y ayudar. Y no discriminar a los pobres, ricos, recaudadores de impuestos, prostitutas, enemigos políticos de su gente o generales romanos que se acercaron a él con fe. Nacido como un bebe indefenso, dependiente de su entorno, la propia humanidad de Jesús nos lo rescata de esa imagen lejana y severa que suelen tener las representaciones que le han hecho a través de estatuas y cuadros.
Vuelvo, pues, a mirar ese nacimiento, una suerte de ‘selfie’ familiar tomada por un ángel, y pienso que el mensaje estaría en que hasta el mismo Dios se hizo persona, o como dicen en India, se convirtió en un avatar, hecho un niño indefenso y con carencias económicas, pero rodeado de mucho amor humano. Me gusta pensar que el mensaje de la Navidad es la voluntad de Dios de vivir una humanidad como la nuestra y entender que estamos llamados a aceptarnos en esa imagen. Somos también ese bebe y somos también su entorno. Estamos retratados en el nacimiento. Somos a la vez una criatura indefensa necesitada de la sociedad para ser protegidos, y somos a la vez esa sociedad, representada en María, José, los pastorcitos, los Reyes Magos, que protege a la criatura indefensa. La Navidad quizá sea un espacio para recordarnos que la frase que más se repite en la Biblia es “no tengas miedo” y hacerla nuestra y ofrecerla también a nuestro entorno.
Que esta Navidad nos encuentre en la búsqueda de nuestro niño y niña interior, y también en nuestro rol de protectores amorosos del niño y niña interior que habita en las personas que nos rodean. Como escribió Pablo a los Corintios, ahora hay fe, esperanza y amor. Lo más importante es el amor... Feliz Navidad.
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