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Me dirijo a mis hermanos y a los buenos amigos que me quedan para pedirles una tregua en caso de necesitarla. La Navidad que se avecina es la ocasión inmejorable para colocar sobre la mesa una sugerencia con aire de súplica: no repitamos la pesadilla del 2021.

El próximo año tendremos elecciones generales otra vez (los músculos se contraen con solo pensarlo), y todas las señales anuncian un huracán de mayores proporciones que aquel que nos arrasó cinco años atrás. ¿Cómo olvidar las peleas irreconciliables que dejó como saldo aquella campaña electoral? ¿Cómo olvidar lo arrinconados que nos dejó esa segunda vuelta compleja, irritante y agotadora, al poner frente a frente a Keiko Fujimori y Pedro Castillo? La contienda, es decir, la disputa estrictamente ideológica, se contaminó muy pronto de miedos, prejuicios, fantasmas y recelos. Cuando menos nos dimos cuenta —aunque muy conscientes del lenguaje que utilizábamos— todos acabamos enfrentados, jurando tener la razón, sin la menor intención de escuchar lo que el otro tenía para decirnos. Si votas por fulano, eres un terruco; si votas por mengano, eres un corrupto; si votas en blanco, eres un cojudo. Teníamos etiquetas de todos los tamaños para repartir a diestra y siniestra, y las repartimos, y nos divirtió hacerlo, y creímos que era gracioso y se nos fue de las manos.

Qué largos fueron esos meses ahora que los repaso mentalmente: la tensión en las sobremesas familiares, las deserciones en chats que reunían a amigos de toda la vida, los insultos de parientes lejanos o de viejos compañeros de la universidad o del colegio, los agravios cada vez más destemplados en Twitter, Instagram y TikTok. Sí, fue extenuante. Y fue triste porque —unos más, otros menos— terminamos remedando a los políticos mediocres que juramos detestar.

También es cierto que en muchos casos esos pleitos sirvieron como cernidor y ayudaron a transparentar relaciones amicales o parentales que ya llevaban muchos años muertas, heridas por el cinismo o el descuido. En la vorágine del golpe por golpe, muchos se confundieron, sí, pero otros solo se quitaron la máscara y quedaron expuestos en su radicalismo.

El próximo año, el escenario no será igual; será peor. Primero, por culpa del número de candidatos a la presidencia y de representantes al Congreso que tenemos que elegir: esa multitud de nombres, partidos y tendencias marea, confunde, da flojera. Segundo, porque el divisionismo que sentíamos en el 2021 ha recrudecido y se ha agravado. A pesar de que en el Parlamento tirios y troyanos se aliaron para defender oscuros intereses compartidos, en la sociedad la polarización ha llegado a su pico de brutalidad (gracias, entre otras cosas, al tipo de comentarios de ciertos aspirantes a sentarse en Palacio). Si hace cinco años los perdedores salieron a gritar «fraude», ahora me temo que darán un paso más allá (y no quiero pensar cuál sería).

Por eso, antes de que se agudice la temporada de terror, aprovechemos la coyuntura navideña, la buena onda que traen consigo el árbol y los villancicos, para encender una pipa de la paz que podamos fumar en conjunto. Ojo, no digo que dejemos de hablar de política (al menos en mi casa eso es imposible: llevamos un siglo hablando de política); lo que subrayo es que, al final del día, frente al espejo, no nos definen nuestras ideas políticas. Somos mucho más que eso. Si una persona es o intenta ser buen padre, buen vecino, buena pareja, buen amigo, buen profesional y buen ciudadano, me importa un cuerno por quién vota; quiero estar cerca suyo, quiero dejarme influenciar por su coherencia. Lo que me une a mi madre y a mis hermanos, y las razones por las cuales quiero a los buenos amigos que me quedan, no tiene absolutamente nada que ver con la política. Con algunos coincido en esa materia, con otros no. Punto.

No se trata, insisto, de no defender nuestras convicciones y nuestra forma de ver el mundo, sino de la forma violenta y agresiva en que a veces ejercemos esa defensa. Si perdemos los estribos, perdemos mucho más que los estribos. Para no caer en la arena del rodeo, al potro salvaje conviene montarlo sin salvajismo. De cómo llevemos esas riendas dependerá si repetimos la tragedia social del 2021 o si la remontamos para dejarla atrás.

*El Comercio abre sus páginas al intercambio de ideas y reflexiones. En este marco plural, el Diario no necesariamente coincide con las opiniones de los articulistas que las firman, aunque siempre las respeta.

Renato Cisneros es escritor y periodista

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