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Crueldad misógina, por Carmen McEvoy

"Todos los crímenes que nos agobian últimamente tienen un sello de fábrica y este es la violencia contra la mujer".

Carmen McEvoy Historiadora

Rolando Pinillos

(Ilustración: Rolando Pinillos)

“Si él está libre, no hay justicia para las mujeres en el Perú”, fueron las contundentes palabras de la madre de Kimberlee Kasatkin al enterarse de que el presunto asesino de su hija salió en libertad. Ello ocurrió entre gallos y medianoche y mediante el uso de uno de esos hábeas corpus multipropósito que, a veces, sacan de la manga nuestros inefables leguleyos. El cuerpo de Kimberlee no aparece, pero lo que sí obra en manos de la fiscalía son sus diarios, escritos en Uganda entre el 2011 y el 2012, en los que se lee: “Fui golpeada, peor que nunca, golpeada tantas veces que perdí la cuenta. Nariz sangrante, labio hinchado, ojo negro del puñetazo que me dio hasta la nariz”, refiriéndose a la brutal paliza que le habría propinado el hoy liberado Christopher Franz Bettocchi. La policía presume que Bettocchi mató a su pareja e incineró sus restos. Y si bien él ha negado ser el autor del crimen, también ha caído en muchísimas contradicciones. Entre ellas, no poder explicar el video en el que lo vimos salir con una bolsa enorme del departamento donde vivían. Días después, la policía encontró en el colchón de la cama que Bettocchi regaló a la empleada de su madre huellas de la sangre de Kimberlee.

Carlos Bruno Paiva estuvo recluido 16 meses en prisión y hoy, al igual que Bettocchi, es un hombre libre. Camina feliz por las calles de su Tumbes natal a pesar de ser sindicado por la fiscalía como el responsable del crimen contra su pareja, Rosa Álvarez Rivera, a quien le quemaron el 85% del cuerpo. Tal como Eyvi Ágreda, Álvarez murió de una infección generalizada, dejando a una hija huérfana. A menos de un año de haber sido sentenciado a 25 años de cárcel por el delito de feminicidio, a principios de este mes la Sala Penal de Apelaciones de Tumbes anuló (así como lo oyen) los antecedentes policiales y judiciales de Paiva, ordenando por unanimidad su inmediata excarcelación. ¿Cuál fue la justificación? La segunda declaración de una mujer moribunda y probablemente sedada que lo eximió de la culpa.

A estas alturas, no existen palabras para describir los niveles de violencia e impunidad que vienen asolando al Perú. Y uno de los blancos preferidos de esta suerte de pandemia de la crueldad extrema son las mujeres. Porque cuando uno cree haberlo visto todo –pienso en el terrible asesinato de Eyvi pero también en el caso de Fabiana Mamani, a quien un criminal llamado Rolando Saavedra le taladró la cara mientras dormía– aparece un nuevo episodio en esta saga del horror en la que las protagonistas son mujeres a las que algunas veces les clavan un tenedor en la cara, a otras las queman, ahorcan o desfiguran e incluso les exigen que luego de ser violadas, se vayan al fin del mundo a presentar la denuncia respectiva. Acá me refiero específicamente al comportamiento de una fiscal inhumana que, sin entender la gravedad del caso que le llegó a las manos, le comunicó a una mujer maltratada física y psicológicamente: “Sabes qué, ándate a Nasca porque a mí esto no me compete”. ¿Cómo habrá sido la travesía de esa joven de 25 años, con el dolor y la vergüenza a cuestas? ¿Pensaba en sus dos hijos mientras lloraba y recordaba la crueldad de ese par de delincuentes, hoy también libres, que le “prometieron” no volverla a violar, luego de ofrecerle 270 soles por su silencio? ¿Qué está ocurriendo en nuestro país donde la humanidad ha llegado a sus niveles más bajos? En medio de esta tremenda catástrofe ética, las que más sufren son las mujeres. Están plantadas en la primera línea de fuego de un batallón de feminicidas que azota a una república que, ironías del destino, se presta a celebrar –logo en mano– su bicentenario.

En el excelente reportaje sobre el feminicidio en el Perú escrito por Teresina Muñoz-Najar, la autora comenta cuatro casos donde lo que más le sorprende es la juventud de los asesinos y la crueldad con la que actuaron contra sus víctimas. Simona fue ultimada a cuchilladas y martillazos. Karol, en Arequipa, y Tiffany, en Lima, fueron asfixiadas y luego quemadas. La primera estaba con ocho meses de embarazo y la segunda, a quien su agresor también violó, tenía 16 años. Lisbeth, en Cusco, recibió 35 puñaladas, casi todas en el rostro y en el cuello.

Para los que se rehúsan siquiera a pronunciar ‘violencia de género’, les explico que su antecedente histórico, la misoginia (‘odio a la mujer’ en griego) tiene raíces filosóficas. Estas han sido exploradas por Kate Manne en su libro “Abajo la niña: la lógica de la misoginia” (“Down Girl: The Logic of Misogyny”). Reconocer la humanidad del otro –en este caso las mujeres que por siglos fuimos agrupadas con los esclavos, los niños y a veces incluso con las propiedades valiosas de la casa– encierra una serie de riesgos. Porque uno puede ver a la otra persona como el amigo o la esposa amada o definirla, también, como la enemiga, la usurpadora, la insubordinada, la traidora o la tentadora, como es el caso de Eva y la manzana de la desgracia. Todas ellas merecedoras de un castigo moral. Porque la moralidad, que sanciona conductas establecidas desde tiempos inmemoriales, desencadena una violencia por imponer relaciones sociales que muchas veces deriva en el castigo corporal o en un sufrimiento innecesario como el que, por ejemplo, sufrió la terramoza. ¿Estaría acaso la fiscal Karina Toledo pensando: “Ella se lo buscó y ahora que se aguante”? No lo sé, pero todos los crímenes que nos agobian últimamente tienen un sello de fábrica y este es la violencia contra la mujer. Y mientras no creemos ese logo y lo insertemos en nuestro cerebro no hay mucho que se pueda hacer al respecto.

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