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Editorial: Pobres en teoría

Entre los efectos negativos del incremento de la pobreza, se cuenta el haber invitado a la clase política al dislate.

Editorial

pobreza urbana

“Durante el 2017 la pobreza experimentó un rebote por primera vez en el siglo y subió un punto porcentual (del 20,7% al 21,7%)”. (Foto: Archivo El Comercio)

En los últimos años, la reducción sostenida de la pobreza en el Perú ha sido impresionante. Según el INEI, en el 2007 –hace solo una década– el 42,4% de los peruanos no podía costear una canasta básica. Para el 2016, esa cifra se había desplomado hasta el 20,7%. Un descenso que, claro está, vino acompañado por una sustancial mejora en la calidad de vida de la población en general.

Las buenas noticias, sin embargo, acabaron esta semana. Según la última Encuesta Nacional de Hogares (Enaho) del INEI, durante el 2017 la pobreza experimentó un rebote por primera vez en el siglo y subió un punto porcentual (del 20,7% al 21,7%), lo que implica que 374.708 personas han ingresado a la franja que tan esforzadamente se estaba buscando reducir. Como dijimos hace tres días en esta misma página, existen principalmente tres indicadores cuyo magro desempeño explica este rebrote: inversión privada, empleo de calidad y mejora en los ingresos de las familias.

En efecto, según un estudio del mismo INEI, la generación de empleo formal en el área urbana cayó 2,8% en el 2017. El mes pasado, además, el desempleo en Lima llegó al 8%, el nivel más alto de los últimos seis años. Por otro lado, el ejercicio de la inversión privada ha sido deslucido. A mediados del año pasado este indicador acumuló 14 trimestres consecutivos de caída (que parecen haber comenzado a reponerse con tibieza). Imposible no mencionar aquí el rol pernicioso que jugaron los enfrentamientos políticos de los últimos tiempos y el ruido e inestabilidad que generaron.

Como era de esperarse, el hecho no pasó inadvertido para la opinión pública y en especial para la clase política. Pero la pobreza es, paradójicamente, generosa en oportunidades para la retórica demagógica. Así, la congresista del Frente Amplio María Elena Foronda, por ejemplo, aseveró que el alza de la pobreza desnudaba las “falencias del modelo neoliberal extractivista”. Ignorando, de plano, que ‘el modelo’ que ella denuncia es el mismo que se viene aplicando en las últimas décadas y que ha permitido reducir la pobreza, incrementar el PBI e hinchar nuestras exportaciones de manera notable.

Gregorio Santos y Marco Arana, quienes rara vez dejan pasar una ocasión como esta, también se sintieron tentados a contribuir con aportes teóricos a la discusión. Ambos, además, refiriéndose a la situación específica de su región –Cajamarca–, que ocupa, según el INEI, el primer lugar de pobreza monetaria en el país. “Demostración del fracaso del programa económico liberal basado en el ‘asistencialismo’ y no en la inclusión. En el saqueo y fuga de capitales. Las multinacionales no reinvierten en las regiones. La dictadura (sic) no admite su fracaso”, ha dicho Santos. Y en otro tuit ha fustigado a la minera Yanacocha. Arana, entre tanto, ha señalado: “Desde el primer mapa de pobreza que se elaboró en Perú (hecho por el BCR), Cajamarca figura entre los 4 primeros departamentos más pobres. Llegó Yanacocha en 1993, han pasado 25 años y seguimos disputando primeros lugares”.

Lo que Santos y Arana plantean, sin embargo, es descaminado. La minería precisamente incide de manera directa en los tres motores insoslayables para disminuir la pobreza (inversión privada, empleo e ingresos). Por ejemplo, el proyecto Conga –al que ambos denostaron con manipulaciones– estimaba una inversión de US$4.800 millones e iba a generar alrededor de 6.000 empleos en su etapa de construcción. Así también, Cajamarca ha sido una de las regiones más favorecidas por el canon minero en los últimos años. Según datos del Ministerio de Energía y Minas, en el 2017 la región recibió S/185,2 millones por este concepto (de un total de S/1.863 millones distribuidos en todo el territorio).

Lo que, más bien, parecería lastrar el desarrollo cajamarquino son otros factores, como la calidad de sus autoridades (el propio Santos está siendo investigado por la fiscalía en un caso de corrupción) y la baja ejecución del presupuesto que reciben por canon minero (que fue de 25,1% el año pasado, según el MEF). Un problema que no es exclusivo de Cajamarca. Otra región minera, como Áncash, ha tenido tres gobernadores regionales presos en los últimos años y una ejecución presupuestal del 0% del dinero del canon de la mina en el 2017.

Pero los mencionados no son los únicos casos. Otros políticos han utilizado el alza en la pobreza para atacar a sus rivales (“en los últimos 7 años [hemos tenido] pura frivolidad, asesorías, exceso [de] publicidad, oficinas [de] millones y harta corrupción”, ha apuntado la congresista fujimorista Lourdes Alcorta) o congratularse a sí mismos (“de haber continuado las políticas de lucha contra la pobreza estaríamos en 10% […] hoy 7 millones son pobres gracias a Humala y PPK”, ha apuntado el ex presidente Alan García).

Que aumente la pobreza es una noticia aciaga para todos. Pero en lugar de tergiversarla con prismas más ideológicos que económicos o usarla como arma contra el rival, bien harían nuestros políticos en plantear medidas serias al respecto. De lo contrario, además de pobreza monetaria, seguiremos teniendo este paupérrimo debate teórico al respecto.

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