Ayer, un hombre fue asesinado a tiros en la estación Gamarra de la línea 1 del metro de Lima, en La Victoria, y en medio de la violencia desatada por los autores del crimen resultó herido también un vendedor de café que, felizmente, fue rápidamente conducido al hospital Dos de Mayo y ahora se encuentra estable. Las circunstancias del ataque todavía no están claras, pero, por el lugar donde se produjo, es presumible que se trate de un nuevo caso de sicariato asociado al transporte. Cabe anotar que pocos días antes un desconocido realizó disparos contra la galería Modelli, ubicada frente al Parque Cánepa, y luego huyó con un cómplice en motocicleta. Ambos hechos, además, han ocurrido en pleno estado de emergencia.
La escena de la ejecución en la estación Gamarra es desde luego escalofriante, pero se está volviendo rutinaria en nuestro país. El año pasado, la cifra de muertes por homicidio fue de 2.226, un 7% más que el año anterior. Y hasta ahora nada sugiere que en el 2026 esa situación vaya a cambiar. Solo en Lima Metropolitana, la primera semana de este año se registraron más de 10 asesinatos. La conclusión a la que lleva este cuadro es evidente: las medidas de combate contra este tipo de delito dictadas hasta el momento no están dando resultado. Mientras tanto, la ciudadanía sigue a la espera del Plan Nacional de Seguridad, cuya puesta en vigor ha sido postergada ya dos veces y que ha sido anunciada para mañana.
Lo cierto es que, enredado en sus problemas por el llamado ‘Chifagate’ y las concesiones de órdenes de servicio del Estado a jóvenes que visitaron Palacio de Gobierno poco antes, el presidente José Jerí no daría la impresión de estar dedicando atención a esta grave realidad. Existe por cierto también una posibilidad peor: la de que el mandatario y sus colaboradores no estén actuando a este respecto porque –más allá de patear puertas durante las requisas en los penales o montar un espectáculo teatral con la llegada del extraditado Erick Moreno– sencillamente no saben qué hacer...
Entre tanto, la muerte azota sin pausa a los transportistas y a otras personas vinculadas a ese sector; a veces por el simple hecho de encontrarse en el lugar equivocado cuando la violencia se desata. Habrá que estar atentos a lo que se anuncie mañana, pero, en honor a la verdad, las esperanzas de que el ya mentado Plan Nacional de Seguridad cambie el pavoroso trance que vivimos los peruanos a raíz de la expansión de la extorsión y el sicariato son escasas.