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La violencia que ya no sorprende
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La violencia que ya no sorprende

La violencia que ya no sorprende

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El reciente fallecimiento del payaso Tuki Tuki, figura entrañable del humor popular peruano, no es solo una tragedia individual. Es un símbolo doloroso de la realidad que hoy atraviesa el Perú actual, donde la inseguridad se ha vuelto parte de la rutina.

Ocho de cada 10 peruanos se sienten inseguros. No es una exageración mediática, sino el reflejo de una convivencia fracturada por la delincuencia, el miedo y la sensación de abandono estatal.

El crecimiento de la delincuencia es, sin duda, grave. Amenaza la vida, la libertad y la economía de los ciudadanos. Sin embargo, los datos internacionales muestran una realidad que merece ser analizada con cuidado. Con menos de 10 muertes violentas por cada 100.000 habitantes, el Perú se ubica, junto con Chile, entre los países menos violentos de la región. Colombia, México, Brasil, Venezuela y Ecuador registran cifras entre dos y tres veces mayores.

¿Significa esto que deberíamos preocuparnos menos? En absoluto, porque ningún nivel de violencia es aceptable. Las cifras nacionales esconden realidades locales alarmantes: en ciudades como Trujillo o en sectores específicos, los índices se duplican.

¿Qué hacer, entonces? Exigir protección policial eficaz y aplicación rápida de las leyes es indispensable. Pero también resulta necesario evaluar las propuestas que emergen en tiempos de crisis. Medidas como sacar al Ejército a las calles, promover justicia por mano propia o instaurar pena de muerte parecen firmes, pero la experiencia internacional demuestra lo contrario.

La militarización no contuvo la delincuencia en Colombia ni México, la “justicia popular” incrementó violencia en Brasil, y la pena de muerte no ha evitado criminalidad en Estados Unidos. Estos caminos debilitan la democracia.

Sin participación ciudadana nada funcionará. El Perú aprendió que la inteligencia policial y el respaldo popular fueron tan decisivos como el uso de la fuerza. Suiza y Noruega demuestran que la seguridad es responsabilidad compartida.

¿Qué estamos dispuestos a hacer para convertirnos en actores de nuestra propia seguridad? Un país que normaliza el temor termina renunciando a su promesa de futuro.

*El Comercio abre sus páginas al intercambio de ideas y reflexiones. En este marco plural, el Diario no necesariamente coincide con las opiniones de los articulistas que las firman, aunque siempre las respeta.

Julio César Huamán es Estudiante de Derecho en la Universidad Privada del Norte

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