En el Perú, muchas trayectorias profesionales empiezan con una frase que no aparece en ningún sílabo: “Mi papá tiene un amigo”.
No es ilegal ni inmoral aprovechar una red familiar. El problema es que, mientras algunos ingresan al mundo laboral por recomendación directa, otros empezamos desde cero, sin llamadas previas ni apellidos que abran puertas. No es una queja; es una diferencia de punto de partida que rara vez se discute.
Para quienes no nacimos con contactos, estudiar no es un trámite ni una formalidad: es una necesidad. La preparación se convierte en defensa y el esfuerzo en la única moneda disponible. Cada curso aprobado, cada certificación y cada experiencia cuentan, porque sabemos que nadie va a adelantar nuestro CV en una bandeja de entrada.
Se insiste en la meritocracia, pero la realidad es compleja: convocatorias que piden experiencia imposible para recién egresados, prácticas no remuneradas que solo algunos pueden aceptar y procesos de selección en los que la recomendación pesa tanto como el CV. Esto revela que el mérito, muchas veces, no compite en igualdad de condiciones.
Aun así, somos muchos los jóvenes que avanzamos sin atajos. Aprendemos a construir redes desde abajo, a equivocarnos más veces y a insistir cuando no hay respuestas. Es un camino largo, pero también formativo: enseña disciplina, autonomía y una ética de trabajo que no depende de favores.
No nací con contactos, nací con ganas. Y aunque las ganas no abren puertas de inmediato, sostienen el esfuerzo hasta que alguna se abre.
*El Comercio abre sus páginas al intercambio de ideas y reflexiones. En este marco plural, el Diario no necesariamente coincide con las opiniones de los articulistas que las firman, aunque siempre las respeta.