Despertar, respirar y ver el mundo.
Hace algunos días, camino hacia lo de siempre, sentado en el microbús, escuché a una señora describir a su nieta: “Tiene dos estrellitas cuando ríe”. No era poeta, pero habló con poesía. En ese instante, el lirismo había inundado por completo la ciudad.
He ahí la esencia: esa capacidad lírica no como adorno cultural prescindible o detalle de sofisticación. Es nuestra condición humana inherente a la necesidad de expresión, de conocer la realidad y que esta tenga significado para habitarla plenamente. No nos basta con solo percibir; queremos conectar, interpretar, transformar lo percibido en algo nuestro. Lo necesitamos.
Frente al dolor, la pérdida, la belleza abrumadora, el lenguaje cotidiano no es suficiente. Requerimos alcanzar límites lingüísticos, como herramienta de supervivencia emocional. Alcanzar ese ‘algo’ es la forma que tiene la conciencia humana de procesar aquello que la desborda.
Quizás es momento de reconciliarnos con esa parte lírica, dejar de verla como debilidad sentimental y reconocerla como fortaleza genuina. Al final, lo que nos hace verdaderamente humanos no es solo nuestra capacidad de razonar, sino nuestra necesidad irreprimible de convertir la existencia en algo bello, significativo, poético.
Despertar, respirar y ver el mundo es hoy nuestro acto más lírico.
*El Comercio abre sus páginas al intercambio de ideas y reflexiones. En este marco plural, el Diario no necesariamente coincide con las opiniones de los articulistas que las firman, aunque siempre las respeta.