Cuaderno de ocurrencias

Necedades oficiales que merecerían figurar en una antología.

    Mario Ghibellini
    Por

    Periodista

    Resumen

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    Días atrás, cuando circuló la noticia de que se había extraviado el cuaderno de ocurrencias de la casa de la presidente Boluarte, en esta pequeña columna sentimos que se había perdido algo precioso. Recordamos de inmediato las salidas risibles con las que recientemente distintos voceros del Gobierno habían tratado de sacarse de encima el problema de los Rolex de la mandataria y supusimos que era el registro de esos despropósitos lo que había desaparecido. “¡Tanto ingenio, tanta desvergüenza, tanto desatino, borrados de pronto de nuestra memoria colectiva!”, pensamos angustiados. Y nos vinieron a la mente otros episodios de la historia en los que la humanidad perdió para siempre brotes irrepetibles de creatividad artística o de recurseo más bien florero: el incendio de la biblioteca de Alejandría, el robo de los originales de una novela de Hemingway sobre la primera guerra mundial, el rumoreado olvido de ciertos apuntes de ‘Melcochita’ en una estación del Metropolitano… Después supimos que no había sido nada de eso. Que lo que se había extraviado había sido simplemente la libreta donde se anotaban los nombres de los visitantes que entraban o salían del domicilio de la gobernante, y respiramos aliviados. El cuaderno de ocurrencias, además, fue supuestamente encontrado algunas horas más tarde por un agente de seguridad del Estado en las áreas verdes de la Vía Expresa: una ocurrencia en sí misma. Y cuando, por último, escuchamos las teorías del premier Gustavo Adrianzén sobre el origen de la costumbre de llevar un registro así, comprendimos que nada se había perdido.

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