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Ministro express, por Mario Ghibellini

Una breve fábula sin aparente lógica ni moraleja.

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(Ilustración: Mónica González).

A solo 23 días de haberse ajustado el fajín que lo identificaba como miembro del gabinete, Daniel Córdova tuvo que devolverlo. No ha sido el ministro más fugaz de nuestra historia, pero pelea sin duda un lugar en el podio de honor. 

Con respecto a las razones de su salida, el premier César Villanueva ha sido parco, pero terminante. “He tenido una conversación larga con el ministro Daniel Córdova sobre esta situación. Y, obviamente, él ha comprendido”, ha dicho. Pero, ¿están seguros? Porque, si bien su paso por el gobierno ha sido raudo, su discernimiento de los motivos por los que tenía que renunciar parecería haber sido más bien moroso. 

Modestia aparte 

El efímero titular de la Producción, a decir verdad, se compró todos los tickets para la rifa del asiento eyectable en el Consejo de ministros. Como se recordará, tras unos días en los que voces misteriosas lo promovían en redacciones, bodas y cocteles como el probable sucesor de Claudia Cooper en el MEF, solo obtuvo lo que pareció ser un premio consuelo, pero no se detuvo a mirarle la dentadura al despacho regalado. Y, a falta de elogios ajenos, decidió ensayar algunos propios como ritual propiciatorio para su estreno en la nueva función. 

“Modestia aparte, soy solvente técnicamente, nadie me va a dar lecciones del ABC de la economía. Creo que he aprendido de política en los últimos seis años. Y creo que la gestión es algo que me sale del forro”, proclamó con aparente entusiasmo por el reto que tenía delante… Pronto, sin embargo, la prensa resaltó otras declaraciones suyas sobre Cofide y Pro Inversión en las que parecía detectarse el rumor de una hoja dentada rasgando alguna superficie, y que lo obligaron a anunciar: “Yo no quiero ser ministro de Economía, eso que quede bien claro”. Y todo, desde luego, bien claro quedó. 

Mientras tanto, además, a tanta palabra necia pronunciada ‘urbi et orbi’, había añadido otras susurradas a puerta cerrada, pero con cámara encendida. Nos referimos, como es obvio, a la cita en la que ofreció a los representantes de una federación de pescadores artesanales la cabeza de su viceministro Héctor Soldi como carnada para que depusieran la huelga que habían resuelto llevar adelante. Una circunstancia en la que recitó la fórmula que lo lanzó al estrellato: “Acá estoy haciendo algo que de repente no es muy correcto, pero lo voy a hacer”. Y también las frases que probablemente terminaron de sellar su destino con Villanueva. “El primer ministro creo que jugó cierto papel en que haya habido cambio de presidente; creo que ustedes lo tienen claro también”, les dijo en efecto a los pescadores en su intento de persuadirlos de que este era un gobierno distinto al de PPK. Y habría que admitir que, por esfuerzo, no se quedó. 

Confrontado el domingo por la noche en Panorama con la evidencia de su irrevocable torpeza, no obstante, Córdova no comprendió que el portafolio ya se le había escapado de las manos y procuró forcejear antes de soltarlo. Improvisó excusas para tratar de persuadir a quien quisiera escucharlo de que lo que había hecho era casi una astucia que merecía ser premiada. Y al día siguiente, mientras la tormenta que terminaría engulléndolo se desataba a su alrededor, sostuvo todavía que “sería ilógico” renunciar al ministerio a su cargo por lo que había ocurrido. 

Al final, la lógica aristotélica se impuso sobre la cordovesa y al ministro express le tocó cumplir el sino ingrato que con tanta obcecación se había labrado. Conociendo el universo de las personas que podrían considerarse advertidas por una fábula así, nos tememos, sin embargo, que nadie ha de haber registrado su lógica o su moraleja, por lo que, con mínimas variantes, estamos condenados a ver esta historia repetirse. Y repetirse. 

Esta columna fue publicada el 28 de abril del 2018 en la edición impresa de la revista Somos.

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