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Casonas demolidas, balcones perdidos y calles cuyos nombres fueron borrados por “insolentes”: dos libros que nos invitan a explorar la Lima que desaparece
Lima se camina todos los días, pero pocas veces se mira. Dos libros recientes —uno sobre arquitectos, otro sobre calles— proponen entender cómo la ciudad fue construida y transformada a lo largo del tiempo. Conversamos con sus autores.
Caminamos porLima todos los días, pero rara vez miramos de verdad lo que nos rodea. La prisa nos vuelve indiferentes a la historia que tenemos delante, y solo la advertimos cuando desaparece. Una casona demolida, un nombre de calle borrado del mapa: recién entonces entendemos lo que se perdió. Mientras la ciudad cambia sin orden ni proyecto claro, hay quienes todavía la recorren con atención y, con el tiempo, escriben su memoria. Dos publicaciones recientes son ejemplo de ello.
Augusto Tamayo es uno de esos observadores. Cineasta y arquitecto de formación, pasó cinco años en la UNI antes de inclinarse por el cine y el mundo editorial. Pero ese desvío no significó un abandono, sino otra manera de mirar la ciudad. “La arquitectura es el arte dentro del cual vivimos”, dice al teléfono. Desde que era estudiante, empezó a fotografiar fachadas y calles enteras. Durante décadas armó un archivo que hoy funciona como memoria de una ciudad que desaparece lentamente: casonas demolidas, balcones perdidos, manzanas enteras transformadas en estacionamientos.
Portada del libro "Arquitectos de Lima, 1850 - 1960", de Augusto Tamayo, de editorial Argos. (Foto: Elías Alfageme).
/ SOMOS > ELIAS ALFAGEME
Su nuevo libro, “Arquitectos de Lima”, recupera esos nombres y esas obras. Más que un catálogo nostálgico, es un recordatorio de que esta ciudad fue construida por arquitectos y maestros que pensaron Lima desde una sensibilidad que dice mucho sobre su mundo interior y el tiempo en que vivieron.
Tamayo no niega que las ciudades cambien. “Las ciudades son dinámicas”, reconoce. Lo que cuestiona es la idea de empezar siempre desde cero, como si lo anterior no tuviera valor.
Augusto Tamayo frente a la fachada de una casona de 1908, obra del arquitecto Claude Sahud, ubicada cerca de la plaza Dos de Mayo. “Es ejemplo del estilo afrancesado de la época”. (Foto: Elías Alfageme).
/ SOMOS > ELIAS ALFAGEME
Basta viajar por Europa para comprobar que preservar y modernizar no son conceptos opuestos. El problema aparece cuando el cambio se convierte en borrado. “La arquitectura de la ciudad configura el espíritu de sus habitantes”, sostiene. Una ciudad caótica termina produciendo ciudadanos igualmente desorientados.
Calles con nombre
La preocupación por la historia de Lima también atraviesa el trabajo de Juan Guillermo Lohmann, aunque desde otro ángulo. Abogado e investigador, su punto de partida fue cotidiano: caminaba por el centro cuando estudiaba en la Universidad Católica y se detenía a leer los azulejos de las esquinas con los nombres de las calles. Ya Parió, Pericotes, Chupajeringas, Calle del Tigre. Nombres que venían desde el virreinato, nacidos de sucesos, oficios o simples ocurrencias populares.
Juan Guillermo Lohmann frente a la calle Quilca, en el Centro de Lima. Para el autor, es una de las vías más antiguas de la ciudad, de origen prehispánico. (Foto: Diego Moreno)
/ Diego Moreno
En 1862, la Municipalidad de Lima decidió unificarlos en los jirones que conocemos hoy. Fue un cambio que enfrentó resistencia durante décadas. Incluso bien entrado el siglo XX, muchos se negaban a llamar Cailloma a la tradicional Calle de los Afligidos. Otros nombres desaparecieron porque se consideraban “feos o insolentes”.
Para Lohmann, esos nombres contaban cómo se vivía la ciudad. La calle Judíos no aludía a un barrio hebreo, sino a imágenes pintadas durante la Cuaresma. La calle Matajudíos era el apellido de un vecino. Historias mínimas que hoy serían impensables pero que revelan una Lima más oral y menos uniforme. Toda esa investigación acaba de materializarse en “Lima: las calles de la Ciudad de los Reyes”, publicado por el Fondo Editorial del Congreso.
Portada de "Lima: las calles de la ciudad de los reyes", de Juan Guillermo Lohmann.
Una de sus historias más interesantes está bajo los pies de cualquiera que camine por el centro: el jirón Quilca. “Es una vía de origen prehispánico”, afirma. Era un camino indígena que unía el Callao con zonas más altas, mucho antes de la fundación española. Los españoles respetaron algunos caminos importantes al trazar su damero. Quilca es uno de ellos.
Ese dato resume bien lo que ambos trabajos proponen desde lugares distintos. Lima no fue una hoja en blanco. Es una ciudad de capas superpuestas: prehispánicas, coloniales, republicanas, modernas. El problema aparece cuando esas capas se borran sin reflexión. Hoy, mientras casonas desaparecen y nombres se vuelven neutros, Tamayo y Lohmann hacen un gesto parecido: mirar con atención. No se oponen al cambio, pero advierten lo que se pierde cuando una ciudad deja de reconocerse a sí misma.