
Cada mañana al despertar, lo primero que hace Michael Zárate, periodista peruano radicado hace más de siete años en Beijing (China), es tomarse la temperatura. Asegurarse de que esos dígitos que arrojará el termómetro electrónico no superen los 38 grados. Tener eso bajo control es una primera “garantía” de que no ha sido contagiado por la epidemia del nuevo coronavirus, que ha obligado a las autoridades del gigante asiático a mantener en cuarentena a ciudades enteras, como a la más afectada, Wuhan, en la provincia de Hubei. A algunos kilómetros de la casa de Michael, Patricia Castro Obando –ex corresponsal de este Diario– hace lo propio. Lo próximo que harán ambos, junto a la gran mayoría de pobladores de ese país, será revisar las aplicaciones que han instalado en sus teléfonos celulares para seguir minuto a minuto el desarrollo de la epidemia: ¿Cuántos casos nuevos hay? ¿Dónde viven los diagnosticados? ¿Qué rutas hay que evitar por ser posibles focos de infección? Hasta pareciera ser la trama de uno de esos juegos virtuales de sobrevivencia y estrategia.

Pero de juego, nada. La seriedad de la situación en China y las consecuencias del coronavirus se han hecho más evidentes esta semana, en las que las grandes ciudades del país asiático debían retomar sus actividades habituales tras un prolongado feriado por el Año Nuevo chino, que duró dos semanas (y no una, como es usualmente), en un intento por frenar la epidemia. Ya sin el pretexto de las festividades, sin embargo, las calles de Beijing siguen luciendo semidesiertas y con la mayoría de negocios cerrados, sobre todo aquellos que congregan a gran número de personas, como cines, teatros o restaurantes.
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-UN AÑO NUEVO DISTINTO-
“Vivo en Beijing desde hace 16 años y esta ha sido la temporada del Año Nuevo chino, que es la más importante del calendario chino. Usualmente, es una época muy festiva, hay muchísima gente en todos los lugares, pero esta vez ha sido muy distinta, con las calles desiertas, y ese ha sido un cambio drástico. Nunca había visto la ciudad tan vacía”, nos cuenta Castro Obando, desde allá.
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La realidad en Beijing o cualquier otra ciudad de China, sin embargo, es distinta de la de Wuhan, ciudad a 11 horas en carro de la capital y ubicada en el epicentro mismo del problema. Y una prueba de ello es que en la capital china el nivel de aislamiento para evitar el contagio es una elección, mientras que en Wuhan la cuarentena es obligada: nadie sale de sus casas, las compras se hacen solo por Internet, los trabajos están paralizados.
“Mientras más cerca estás del foco [de infección], que es la ciudad de Wuhan principalmente, más expuesto estás y la cuarentena es más estricta. Mientras más te vas alejando, la cuarentena es más flexible. Lo que sucede en Hubei y especialmente en Wuhan es dramático. Las noticias que tenemos son que, pese a los esfuerzos de las autoridades por tratar de aplacar el virus, específicamente en el epicentro no se están dando los resultados que se esperan”, agrega la periodista. Precisamente, en la provincia de Hubei se registraron 242 muertes este miércoles, el día más mortal desde el inicio del brote de coronavirus. Al cierre de esta nota, el número de muertos a nivel nacional estaba por encima de los 1.350, y el de infectados, casi llegaba a los 60 mil.
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Mientras la Organización Mundial de la Salud (OMS) teme una propagación mundial del virus, desde China Michael Zárate nos comenta que al ver la disciplina con la que ha asumido la población las medidas para evitar la propagación del coronavirus (como usar mascarilla permanentemente, lavarse y desinfectarse las manos, medirse la temperatura al ingresar a cualquier lugar con concentración de personas o incluso registrarse), no puede evitar preguntarse qué pasaría si el centro de la epidemia hubiera sido nuestro país. “Algo que rescato mucho es que hay mucha disciplina en la población. Por ejemplo, todas estas medidas que nos obligan a tomar, de registrarse en cada edificio, usar las mascarillas, etc., sucederían en el Perú”, se pregunta. De forma retórica, obviamente. //







