Blog

Foto del autor: Alicia Bisso

Alicia Bisso

Llegaron los 35

aliciabissocumpleaños.JPG

Y NO ME AGARRARON DESPREVENIDA
Dentro de pocas horas, bueno menos de dos según el reloj, voy a cumplir 35 años. ¡Asu! Me digo a mi misma ahora que lo pienso. Creo, y lo digo en serio, que es la primera vez que me pongo a pensar con seriedad en este asunto. Porque, haciendo memoria, siempre quise ser mayor. Cuando tenía diez quería ser como las chicas “grandes” de doce, a los catorce quería tener dieciséis o diecisiete como las chicas de quinto de secundaria y esas miradas tan indiferentes que ya sabían poner. Si seguimos la cuenta, obvio que de ahí no paré a los dieciocho, a los que pensé que con la mayoría de edad vendrían mayores privilegios, léase: poder llegar más tarde a mi casa, poder tener “enamorado” sin tanto trámite en mi casa. Pero me di cuenta al toque que la libreta electoral, militar, el DNI, la partida de nacimiento o mi ingreso prematuro a la universidad, nada iban a cambiar mi status. Mi vida seguía siendo exactamente la misma. Y gracias al cielo.

Siempre digo –y pienso-que empecé a vivir realmente a los veintiséis. Y es por esta razón.
Esas vejeces prematuras que algunas adolescentes, jóvenes o no tan jóvenes confunden con independencia, es solo una forma de saltarte años en los que puedes abusar de tu irresponsabilidad, en los que los pecados todavía son travesuras -por más que muchos opinen lo contrario (pero para esos está la primera piedra)-, madrugadas en las que siempre sabrás que puedes llegar a tu casa y que tu cama te está esperando, no importa si es después de una buena y merecida puteada. Pero pienso ¿por qué? No solo porque era la época de Calígula y su popular: ¡que empiece la juerga! con fondo musical de EMF, sino porque había, y aún hay, que apurarse. ¿Apurarse para qué?, me preguntarán. Para seguir el camino de vida que está bien marcadito en las mentes, proyectos, expectativas, planes de muchos; bastantes sí, pero otros. Yo a los veintiséis me di cuenta que la vida no era una sola. Y la comencé a vivir. Claro, a tientas. Yo no sabía nada de nada, ni de aquí ni de allá, a dónde partí.

¿Para qué tantos estúpidos permisos para poder llegar más tarde a casa de mis padres?, ¿Por qué tanta prohibición? ¿Para qué tantas reglas? ¿Para sentir que era aún más rico romperlas? ¿Para modelar a una persona dentro de un molde? A mí me bastó toda esa presión y la sensación de que no encajaba en ninguna parte, para decidir irme. Tonta yo, pensaba que me rebelaba. No me estaba rebelando nada. Pero creo que fue, y no me canso de repetirlo, la mejor decisión que tomé en mi vida.

A diferencia de muchas personas que quiero y admiro, que tienen la valentía de vivir según sus propios términos donde estén, yo sí necesité un océano de por medio para poder liberarme de mis propias amarras y empezar a tomar decisiones propias. Nunca voy a olvidar una mañana de frío en la que llamé a una compañera del doctorado para ver si iba a ir a clases, era nuestra manera de zafarnos de los edredones y caminar como adoquines hasta la facultad. Llegamos con las narices heladas por gusto, no había clase; así que nos quedamos en la cafetería para pasar el rato. Entonces yo le pregunté: ¿por qué todo cuesta tanto? Y ella me dijo algo que no olvido, y menos cuando tengo que ser responsable a mi pesar: porque hasta la decisión de levantarte o no levantarte de la cama depende de vos. Algo tan simple, pero a la vez tan complejo, me dejó boquiabierta moviendo el café con leche con la cucharita, tanto que olvidé echar el azúcar que venía en esos sobrecitos en forma de tubito que jamás me gustaron. Eso era la independencia.

Después de cierta edad real, no cronológica (y hablo por mí, no soy nadie para establecer generalizaciones), ya no pensaba que le sacaba la vuelta al mundo, que vivía mi Woodstock personal porque cuando ya tienes ciertas libertades reales, como vivir sola, hacerle frente a todos los días en pleno trance de saber quién demonios eres, tirarte a quien te dé la gana o quedarte mucho tiempo con una sola persona, en fin, hacer de tu vida lo que quieras, yo me comencé a cuidar más; y de paso a respetar más y por supuesto, a comprender mejor. Pero todo esto, como absolutamente todo lo demás, toma tiempo. Pero no el tiempo que imponen los demás, sean quién sean, sino tu propio tiempo.

Desde hace unos años, creo que todo pasa tan rápido que a veces no hay tiempo de pensar en lo que supuestamente tendría que estar haciendo a esta edad y me pregunto: ¿qué es eso? Pienso que nuestra sociedad de tantos estereotipos cual soldaditos de plomo gritaría: ¡te queda poco tiempo! (con un fondo de tic-tac, tic-tac en sonido Dolby Stereo). Pero ¿tiempo para qué? Tiempo para buscarte un marido, tener hijos al toque y no ser una de las mamás “de cuarenta”- si pues, después de los treinta y pico entras en el casillero de los cuarenta, así nomás, de frente- que podrían ser fácilmente abuelas de los compañeritos de tus críos (si es que llegas a tener más de uno porque “a tu edad…”), es decir, tiempo para vivir una vida normal entre comillas (y tamaño trasatlántico).

Además, hay algo que sí me molesta. A los hombres los tachan de homosexuales al no casarse a una edad determinada; si la regla es impuesta del otro lado del espejo, ¿por qué no comienzan a sospechar de mi sexualidad y me dicen lesbiana de frente? Prefiero eso a que me digan “tía”, y no en el sentido hermana del papá de mi sobrina, sino en la manera burlona de decirte que ya estás mayorcita. Y la verdad yo no lo siento hasta que me lo hacen notar. Y no es mi amigo el espejo, sino gente a mi alrededor como una prima antipática que se la pasa diciéndome cada vez que me ve con una voz afilada y cara de perro triste: “ya se vienen los cuarenta”. Y no solo eso. Hay hechos cotidianos que sí me hacen notar que ya no soy una chiquilla, como por ejemplo: cuando en Metro me saludan con un muy amable y respetuoso “señora”, cuando llegan a mi correo anuncios del anillo de soltero, cuando por el Facebook algún amigo compadecido de mi situación de eterna soltera te manda un avisito inocente que dice: “conoce a tu pareja ideal en www.meimportaunpepino.com”, o cuando voy a comprar mi hidratante para la cara y la señorita vendedora me ausculta con cara de preocupación, y me pregunta si no estoy interesada en una cremita para las arrugas.

Pues no. Y no es que tenga el complejo de Peter Pan o los niños del País de nunca jamás y me niegue a crecer. Simplemente, quiero crecer como a mí me dé la gana; porque a esta chica de 35 años le gusta bailar una canción de Pulp o lo que se le antoje y en ropa interior, en la intimidad de la casa que se paga con uno de dos sus sueldos; del mismo modo en que me gusta vestirme cada mañana como me gustaría pasar el resto del día; gastar un poco más de plata en un par de zapatos que no necesito, en una cena rica que viene en combo con un rato increíble, y estar el resto del mes comiendo tostadas con queso fresco; ahorrar para comprar una laptop nueva y elegirla yo, por más que no sepa más de tecnología que usar mi editor de canciones on-line; cocinar acompañada de música que me pone contenta y una copa de vino en la mano; y poder elegir lo que hago con mi tiempo libre –poco, pero libre al fin-, así sea esto simple y llanamente dormir.

junovynil2.jpg

No necesito un “galán” -como dicen algunas tías de verdad aunque tengan 22- que me haga compañía, ni un vestido de novia, ni un niño que me diga “mamá” para completar mi vida. Al menos, no siento esa necesidad; no por ahora. Ganas, puede que de vez en cuando. Pero no siento mi vida incompleta. Al contrario, me falta tiempo para vivirla, para disfrutarla.

No se imaginan la satisfacción de entrar por la puerta de mi casa, después de un día de trabajo, tirarme en mi sofá, mirar alrededor y ver solo cosas que me gustan, que yo he elegido, poco a poco, y solo para mí. Mi espacio, mi tiempo; mi vida. Si he tenido que vivir treinta y cinco años para sentirme tan libre y tan joven, entonces ha sido tiempo muy bien invertido.

Y sí, sería bonito que alguien estar esperando las doce en una mesa con velitas para dos, recibir un ramo de margaritas mañana temprano o despertarme con los timbrazos de una voz que me dice te amo al otro lado de la línea. Sin embargo ahora, con su permiso y con todo el placer del mundo, me voy a quitar un par de cosas de encima, voy a abrir una botellita de cava catalán y voy a bailar, no Pulp esta vez, pero sí la banda sonora de Juno, y en vinilo. Alguien que me quiere mucho me ha regalado un tocadiscos y la verdad, yo me merezco regalos tan bonitos como ese, y más. Hoy me llega la falsa modestia. Total, es mi cumpleaños.

CANCIÓN PARA LA CHICA DEL CUMPLEAÑOS NÚMERO 35

ESTE ES MI PRIMER REGALO DE CUMPLEAÑOS, VIENE DE ESPAÑA Y SE NOTA QUE TAMBIÉN VIENE DE ALGUIEN QUE ME CONOCE. MERCI ALEX. (Es una escena de La chica del Puente de Patrice Leconte con la música de Facto de la Fe)