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Foto del autor: Rodrigo Bedoya

Rodrigo Bedoya

"Bastardos sin gloria": el niño terrible está de vuelta

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Se ha hablado mucho sobre “Bastardos sin gloria” de Quentin Tarantino. Que la reconstrucción histórica, que la violencia, que la representación de judíos y nazis: se ha generado todo un debate ideológico alrededor del filme. Hablando de aspectos estrictamente cinematográficos, se ha dicho que estamos ante una obra menor de Tarantino, una película en la cual el director demuestra ciertos signos de repetición, creyéndose el gran original.

Ante esta afirmación, quiero expresar mi más rotundo desacuerdo.
¿Qué es una obra menor? Puedo entender que a una cinta se le diga obra menor cuando el director, usando las mismas herramientas y el mismo estilo que un filme anterior, crea una obra-resumen de su trabajo anterior o de su obra en general. Una obra menor es un filme para dummies del trabajo anterior de un director. Por ejemplo, “Los infiltrados” de Martin Scorsese puede ser visto de esa forma: una buena y sólida película, pero que tiene muchos elementos que Scorsese ha desarrollado más y mejor en otras entregas.

“Bastardos sin gloria” no es una película para dummies. Yo diría que no se parece en nada a otras cintas de Tarantino. No solamente es su primera película que parte de un hecho histórico preciso (la Segunda Guerra Mundial), sino que maneja códigos e intereses distintos a los que podría manejar, por ejemplo, “Tiempos violentos”. En todo caso, encuentro más parecida a “Bastardos..” el filme “A prueba de muerte” en la forma de manejar los diálogos y en cómo estos van creando un ambiente extraño, que parece normal y relajado pero en el cual las tensiones están presentes en cada momento.

Se sabe que Tarantino es un gran dialoguista. Pero quizá como nunca en “Bastardos…” los diálogos le sirvieron para ir generando cierta violencia. Una violencia interna, que se siente en cada situación. Los diálogos buscan aparentar cierta tranquilad y complicidad que los personajes entienden que nunca existe. La escena que abre el film o la secuencia de la taberna nos hacen sentir en cada momento cierta tensión, cierta violencia que está a punto de estallar pero que, sin embargo, se va manteniendo escondida hasta que llega un punto en el cual ya no puede aguantar y explota. Más allá del relajo y de las risas que los personajes pueden soltar, la puesta en escena del director, al momento de mostrar esos diálogos, se basa en ir creando una cierta ritualidad: los planos son más bien fijos, pasando de rostro en rostro, partiendo de un plano más abierto a uno más cerrado, mostrándonos cómo los personajes prenden una pipa, se toman un trago o se sirven algo de comer. Hay un manejo casi matemático del encuadre y del ritmo de la acción que van tensando incluso las conversaciones más banales, aquellas en las cuales uno cree que no ocurre nada. Tarantino, a partir de su puesta en escena, genera tensión en cada momento.

Quizá el signo de esa violencia constante que está siempre a punto de estallar sea el Hans Landa que interpreta Christoph Waltz. Landa es un seductor, alguien capaz de encantar a cualquiera, pero que puede pasar a la crueldad más absoluta en el segundo siguiente. Uno siempre espera que Landa haga algo terrible en cualquier momento. Se ha dicho que la actuación de Waltz es formidable, lo cual es totalmente cierto: es un actor con la capacidad de esconder, debajo de su aparente relajo, una crispación que se siente en cada momento. Brad Pitt brinda una buena actuación siendo el líder de los bastardos. Pitt imputa su acento, trayéndonos la tradición del western a la época histórica.

Se sabe que Tarantino es un cineasta al que le gusta jugar con los géneros, que gusta de llevar hasta los extremos ciertas convenciones genéricas. Se entiende, de esta manera, que se pueda leer “Bastardos sin gloria” como una película chonguera, en tanto juega mucho con ciertas convenciones: la idea de cortar las cabelleras nazis le guiña al western, o las caracterizaciones de Hitler o Goebbels son formas de reírse un poco de la situación misma de la película como reconstrucción histórica. Pero lo cierto es que Tarantino respeta el género, y por eso crea momentos de genuina tensión que tienen mucho de western (el mismo Tarantino ha dicho que la película es su “spaghetti western”) más que de la típica película de guerra.

Mencionaba, al principio de esta nota, que se había generado un debate ideológico alrededor de “Bastardos…”. Y es que la cinta es una cinta política. Pero no política por el hecho de hablar de temas políticos que tengan que ver con el holocausto o sobre la guerra o sobre el nazismo, como mucho de ese debate ideológico señala. Nada de eso. Estamos ante una cinta política porque nos habla del cine, o más bien de lo que cree que el cine puede hacer: el cine puede matar a Hitler, puede crear una venganza judía, puede contar una historia paralela y festiva de lo que pasó. La venganza de Shosanna Dreyfuss es una muestra de que a Tarantino le sirve para recrear, reescribir, reinventar y hasta matar. Tanta fe resulta conmovedora. Tarantino es alguien que, más allá de ideologías, cree en el cine.