"Ella" y "Philomena", dos buenas nominadas al Óscar
Rara película “Ella”. Extraña, sensorial, de esas que utilizan todos sus elementos para generar una sensación en el espectador. Todo está pensando hasta el milímetro en la nueva cinta de Spike Jonze: desde las luces cálidas de algunas zonas del departamento del solitario Theodore (enorme Joaquin Phoenix), hasta las camisas del personaje, pasando por los enfoques y desenfoques de de una futurista Los Ángeles (los exteriores fueron filmados en Shangai), cuyos edificios no hacen sino remarcar la soledad del buen Phoenix.
Una soledad que se acaba con la llegada de Samantha (voz de Scarlett Johansson), un sistema computarizado creado en base a inteligencia artificial, y que tiene la capacidad de comunicar y pensar como cualquier ser humano. Lo que vemos es ni más ni menos que la historia de amor entre un hombre y una máquina. Una historia de amor intensa, con sus altos y sus caídas, con sus viajes y sus ilusiones, pero también con sus sinsabores.
Y lo interesante es que Jonze plantea el romance como si fuera lo más normal del mundo: lo que vemos es una historia tan pasional y sensual como cualquier historia de amor. Una sensualidad basada en la palabra, en el coqueteo hablado de los personajes, pero también en una cámara que se pega a Phoenix, a su piel y a su rostro, dándole peso justamente a lo físico. “Ella” juega al contraste: lo físico de Theodore (no solo su piel, sino también sus movimientos, su forma de mirar y de estar entre otros cuerpos, como cuando se va a la playa) es el contrapeso de una virtualidad que vemos en las enormes pantallas que aparecen por toda la ciudad, en los espacios más bien amplios, sin objetos y donde las computadores llenan los vacíos. Frente a eso, queda solo el físico del actor y la voz sexy de Johansson, elementos que Jonze resalta con inteligencia y con una extraña sensualidad.
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“Philomena”, por otro lado, viene a confirmar una idea que ya tenía hace tiempo: uno le da una piedra a Stephen Frears y él sale con una película. La historia de Philomena (Judi Dench) podría hacer servido para hacer un melodrama televisivo, pero la inteligencia del cineasta radica justamente por centrarse en los detalles, en los rasgos más particulares de los personajes.
Por eso, lo que importa en la película es la inocencia de Philomena, o el lado amargo y molesto de Martin (Steve Coogan), el periodista que decide ayudar a la protagonista en busca de su hijo, dado en adopción por unas monjas hace 50 años. Todos esos trazos de los personajes se notan en los detalles más mínimos y cotidianos. Frears jamás utiliza el trazo grueso, sino que delinea personajes muy distintos cuyas tensiones, justamente, se expresan a partir de esos detalles. Philomena es la señora de clase media inglesa, apegada a la religión y a las novelas en serie, mientras que Martin es el periodista descreído y desconfiado de todo un sistema. Y es justamente en esas diferencias sobre las que Frears hace reposar su película.
No hay mayor melodramatismo en “Philomena”. Las emociones están contenidas y aparecen a través del flujo natural de las situaciones. Situaciones que nos van descubriendo un mundo diverso, distinto, que Philomena va descubriendo. Frears acompaña a su personaje con calidez, llevándonos por el camino que ella recorre de forma directa, centrándose siempre en detalles que revelan algo doloroso y extraño de sus personajes. “Philomena” es el recorrido por un mundo que está lejos de ser perfecto.

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