"Balada del hombre común": la melancolía fantasmal
Hay un fantasma que recorre “Balada del hombre común”. En realidad, recorre el cine de los hermanos Coen en general: el fracaso. Un espectro que acecha, que está ahí, que molesta y perturba a Llewyn Davis (Oscar Isaac), un músico que lo único que quiere hacer es componer y cantar ‘folk’, un género desprestigiado en la escena musical de 1961. Nadie quiere escuchar ‘folk’, excepto Llewyn. Él no tiene plata ni donde dormir, pero ahí está, presente, incapaz de ceder ante su convicción.
Los hermanos Coen vuelven a delinear un personaje perdedor, como lo hicieron en “Sangre simple”, en “El Gran Lebowski”, en “Sin lugar para los débiles”. Aquí, es Llewyn. Pero lo interesante del planteamiento es que los Coen no fuerzan la desgracia ni acumulan mil infortunios encima del pobre personaje, sino que el malestar aparece como algo natural, como un elemento más de la vida del personaje, como si fuera algo tan común como él como respirar o, en su caso, cantar. Y es justamente esa naturalidad la que da espacio al humor, a que lo cotidiano nos sorprenda incluso en los momentos más desesperados.
Mucha gente pone reparos al cine de los Coen justamente en lo que a la crueldad contra sus personajes se trata. Se dice que los cineastas los manipulan y tiran toda su misantropía encima de sus protagonistas. Pero si hay algo que no siente en “Balada…” es que exista una manipulación o un ensañamiento hacia el personaje: por el contrario, la historia derrocha cierta calidez, quizá porque la rebeldía de Llewyn hacia ese mundo que no lo entiende tiene algo de complicidad con el espectador. Como las mejores historias de perdedores, la película permite que nos identifiquemos con la insatisfacción del personaje, que la compartamos.
La segunda parte del filme se la juega por ser mucho más expresionista, con toques totales del absurdo. El viaje de Llewyn a Chicago para jugarse su última carta tiene, justamente, algo de fantasmal. Ya sea en el músico heroinómano que compone John Goodman, como en la nieblas y el frío que azotan la carretera: los Coen apuestan por generar un mundo pesadillezco y melancólico, como si el fantasma del fracaso de Llewyn estuvieran encarnados en los personajes que conoce y en los caminos que transita. Como si los elementos comunes también complotaran en contra de nuestro protagonista.
“Balada del hombre común” es una cinta oscura, triste, de esas que se mueven en bares de medio pelo y en callejones fríos. De la alegría del ‘folk’ queda poco: ni siquiera la última canción que canta, con toda su alma, el protagonista. Llewyn Davis está solo contra el mundo: contra el clima, contra las sombras de la carretera, contra su propio temperamento. Los Coen, con todos esos elementos, construyen una cinta melancólica hasta en sus momentos más absurdos e irónicos. La tristeza de “Balada del hombre común” se siente a flor de piel. Como una canción triste.
Nota: esta es una versión un poco más amplia de la crítica que publiqué en la edición del sábado 15 de marzo en Luces, de El Comercio.

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