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Otra vez Bohème

Detrás del telón de "La bohème": así se monta la ópera más famosa de  Puccini en Bogotá dirigida por Andrés Orozco-Estrada | EL ESPECTADOR

Foto: Juan Diego Castillo / Teatro Mayor Julio Mario Santo Domingo.

Por Gonzalo Tello (Bogotá)

Cuando uno se prepara para comentar una nueva puesta en escena, una de las primeras preguntas que surgen —y que generalmente se les hace a sus responsables en las entrevistas— es cuáles son sus ideas o aportes para esta producción. Sin embargo, en el caso de la ópera más representada y popular del repertorio durante los últimos cien años, la pregunta cambia: ¿cómo puede un equipo creativo aportar algo especial u original a una obra tan conocida, estudiada y frecuentada como La Bohème? En el caso de la ópera que Puccini estrenó en 1896 y que desde entonces se ha convertido en la carta maestra para atraer público a los teatros, el reto es muy distinto al habitual.

Puccini basó esta obra de juventud, su segundo gran éxito operístico, en las célebres Escenas de la vida bohemia de Henri Murger, trabajando con quienes se convertirían en su dupla de libretistas por excelencia: Giuseppe Giacosa y Luigi Illica. No ahondaremos en una historia que ya es ampliamente conocida, pero sí vale la pena destacar que desde esta ópera Puccini comenzaba a perfilarse como un auténtico director de escena, incluso décadas antes de que existiera formalmente esa figura en el mundo de la ópera. A partir de La Bohème, sus partituras contienen precisas indicaciones de tiempo, lugar, movimientos y acciones escénicas, lo que plantea siempre el mismo dilema para cualquier regisseur: mantenerse fiel a lo que el compositor imaginó o buscar una nueva lectura sin traicionar su intención original.

Lo cierto es que la mayoría de las propuestas continúan siendo esencialmente tradicionales, aunque cambien la época o el lugar donde transcurre la acción. Ejemplos no faltan: desde la controvertida producción del Festival de Salzburgo de hace algunos años hasta la reciente versión de la Ópera de París, donde Rodolfo es un astronauta rumbo a la Luna y Mimì no es más que un producto de su imaginación. Aun así, La Bohème seguirá siendo, probablemente, la apuesta más segura para llenar un teatro.

Otro de los elementos que explica su enorme popularidad es que la obra de Murger puede considerarse una precursora de las telenovelas, y la ópera de Puccini también lo es, en cierto sentido. Quizá sea la telenovela más famosa de los escenarios líricos, con sus amores, rupturas, reconciliaciones y tragedias llevadas al extremo, emociones que en apenas dos horas nos conducen por situaciones que hoy podrían parecer inverosímiles, pero cuya eficacia dramática permanece intacta.

Pero vayamos a la propuesta del Teatro Mayor. El mayor atractivo para asistir a esta producción recaía, sin duda, en la dirección musical de Andrés Orozco-Estrada, el director colombiano de mayor proyección internacional, al frente de una Orquesta Sinfónica Nacional que confirma una vez más el excelente nivel artístico que ha alcanzado. El reparto, como suele ocurrir en esta obra, estuvo integrado por voces jóvenes y de resultados desiguales, mientras que la dirección escénica apostó por una lectura tradicional dentro de una propuesta visual sencilla pero atractiva.

La dirección escénica de Pedro Salazar merece un reconocimiento especial. Su trabajo resulta inteligente, coherente con el texto y de gran impacto visual. No solo respeta cuidadosamente las indicaciones de Puccini, especialmente aquellas en las que los gestos coinciden con la música, sino que desarrolla un trabajo casi coreográfico con el elenco, dotando a cada escena de dinamismo y fluidez. Las escenas del ático funcionan muy bien, pero es especialmente en el segundo acto, durante la gran escena del Café Momus, donde la propuesta alcanza su punto más alto. Decenas de actores, coristas y solistas construyen un espacio lleno de vida y movimiento permanente, recreando con gran naturalidad el bullicio parisino. Es destacable el trabajo colectivo realizado con el coro y los figurantes.

Lo más interesante fue encontrarnos con una Bohème claramente clásica, pero situada dentro de un contexto escenográfico deliberadamente ambiguo y, por momentos, casi atemporal. La escenografía de Julián Hoyos es limpia y sencilla, sin renunciar por ello a la amplitud que exige la obra. Especialmente acertado resulta el cambio de escena hacia el Quartier Latin mediante estructuras móviles que transforman rápidamente el escenario y recrean el bullicio de las calles en una elegante paleta de blancos, negros y grises. El vestuario diseñado por Sandra Díaz constituye, probablemente, el mayor acierto visual de la producción: cada personaje está cuidadosamente caracterizado, con atención al detalle y gran sentido estético.

No puede decirse lo mismo del diseño de iluminación de Humberto Hernández. En varios momentos dejaba al descubierto la sencillez —e incluso cierta precariedad— de algunos acabados escenográficos, especialmente en el ático de los actos primero y cuarto, y, sobre todo, en el tercer acto. A ello se sumaban cambios de iluminación dentro de una misma escena que parecían carecer de una lógica dramática evidente. Fue, sin duda, el aspecto más débil de una producción visualmente muy cuidada.

En cuanto al elenco, los resultados fueron desiguales. La mejor voz de la noche fue, con diferencia, la de la soprano guatemalteca Adriana González, dueña de una técnica sólida, un volumen adecuado y un fraseo ideal para esta partitura. A su lado, el tenor Andrés Agudelo posee un instrumento bello y de timbre atractivo, aunque todavía evidencia dificultades para sostener largas líneas de legato. Su canto me recordó al joven Marcelo Álvarez, referencia que no necesariamente constituye una virtud.

El barítono Jacobo Ochoa asumió el papel de Marcello con una voz que, a mi juicio, resulta insuficiente para las exigencias del personaje, tanto por volumen como por calidad tímbrica. Muy distinta fue la impresión que dejó Juan David González como Schaunard, ofreciendo una interpretación sólida, de voz homogénea y bello color. Correcto estuvo Hyalmar Mitrotti como Colline, mientras que Julieth Lozano se robó buena parte de la atención del público con una Musetta de gran desparpajo escénico, divertida caracterización y varios momentos vocales de notable brillo.

El coro cumplió correctamente su labor tanto desde el punto de vista vocal como actoral, especialmente en el segundo acto. Sin embargo, como ya se ha señalado, el verdadero eje de la velada estuvo en el foso. La dirección de Andrés Orozco-Estrada logró extraer un sonido refinado, cálido y profundamente pucciniano de la Orquesta Sinfónica Nacional, convirtiéndose en el gran sostén artístico de toda la función.

En definitiva, fue una representación que se disfrutó plenamente, incluso para quienes hemos visto esta obra en innumerables ocasiones. Una vez más, el Teatro Mayor confirma su compromiso con el desarrollo del género operístico en Colombia mediante producciones de alto nivel. El talento colombiano demuestra estar plenamente preparado para afrontar estos desafíos, y solo queda esperar que, siguiendo este ejemplo, más teatros y compañías del país se animen a ampliar de manera sostenida la oferta lírica nacional.