Fiestas Patrias en Nueva Jersey

Foto: Archivo El Comercio
Nunca he sido un fanático de las Fiestas Patrias, solo me gustaban esas fechas porque me daban vacaciones y una gratificación. Pero cuando se está lejos uno se vuelve melancólico y más patriota que nunca. Así que para las Fiestas Patrias decidí asistir a la Peruvian Parade en Nueva Jersey. Hice un cambio con uno de mis cuates mexicanos para faltar a la chamba. Al principio él no quería, pero le dije que me iba a encontrar con mis paisanos, me miró y me dijo “así es al principio, luego se te olvidará cuando son las Fiestas Patrias”.Tomé el bus en el Port Authority. En él había otros peruanos con sus camisetas de la selección. Otros tenían polos donde una llama le escupe a un español. Todos iban bien animados. Me animé también. Bajamos en Union City, había un pasacalle de danzas peruanas. Me animé mucho más. Vi danzas negras, marinera y hasta hubo un bloque de caporales. Se me vinieron a la mente las miles de veces que baile caporales en el Perú, Puno y su Candelaria, mi amado grupo “Los Centralistas”, Las Brisas del Titicaca, etc. Me emocioné bastante. Quería bailar con ellos, hacer mis pasos, decirles que yo también soy peruano y estoy muy orgulloso de serlo.
Era la hora del almuerzo y muchos peruanos hacían cola en una cebichería. Ese día me sentía más peruano que nunca. Qué gusto me daba escuchar mis jergas en otras personas. Cuando entré al restaurante se respiraba un ambiente parecido al del local que está cerca de mi casa en La Victoria. Veía pasar las fuentes comida y se me hacía agua la boca. Me pedí un cebiche, un chicharrón de calamar y una cusqueña. Por ese precio hubiera comido toda mi familia durante dos días en Lima, pero no importaba. Acabé, pagué –casi me olvido de dejar propina– y salí para ver el pasacalle. Me dijeron que el recorrido acababa en Patterson. Fui caminando con muchos otros peruanos. En el camino, las botellas de Inca Kola en el suelo me decían por dónde ir.
Mientras más me acercaba, más me acordaba de Lima. Las calles estaban llenas de banderas peruanas. Todos hablaban español. Había anticucheras en las calles. Llegué a una especie de estacionamiento donde había stands de comida y artesanías peruana. En la noche se presentaría un grupo de música que en mi vida había escuchado. La entrada costaba 30 dólares. En los parlantes se escuchaba salsa y la gente bailaba con su lata de cusqueña de 4 dólares en la mano. Yo comía mi choclo con bastante ají en una esquina y me tomaba una chela en lata. La música seguía sonando: temas de Héctor Lavoe, la Sonora Ponceña, Eva Ayllón, etc. Todos parecían estar felices. Más chelas, más música, más baile achorado.
Los parlantes eran de mala calidad y el sonido era chirriante. Ya no podía escuchar a la gente. Tenía un six pack en mi cabeza. Ya no me sentía feliz ahí. Quería comprar otro six para escuchar y ver menos. Estaba lejos de casa. No importa. Veinticuatro dólares menos en mi bolsillo y más alcohol en mi cabeza. Me di cuenta que extrañaba Lima, pero no todo. Odiaba estar en lugares así en Lima. Otra vez la misma canción de Eva Ayllón. Mejor me largo. En la salida me sellaron la mano por si regresaba. Me senté en la acera para terminar mi chela. Mis oídos me zumbaban. Del mismo lugar salían algunos borrachos que a las justas caminaban ayudados por sus compinches. Las calles estaban llenas de botellas y latas, también de corontas de choclo y palitos de anticuchos.
Caminé hacia el paradero del bus. En todos lados había fiesta, menos en mí. Ya en Manhattan me sentí más aliviado lejos de todo el bullicio. Tome el subway a casa, la gente se alejaba, no podía evitar mi aliento a alcohol.
Al otro día, en mi chamba, el cuate mexicano me preguntó qué tal estuvo el día. Le conté que estuvo bien, que hubo danzas que otros países ya quisieran tener, riquísima comida peruana, chicas hermosas y chelas a montón, pero que el próximo año no voy a ir.
P.d.- Amo al Perú como pocos, sobre todo a Puno, lugar donde bailé 8 años en su espectacular Fiesta de la Virgen de la Candelaria.
Piero Masías, Estados Unidos
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