Soy el hombre araña y me subo a una montaña alquilada
O cómo subir paredes y lanzarte al vacío anclado a un cable de acero galvanizado.
Uno de los animales más raros que he visto es la araña escorpión. Es plana, rapidísima, negra, tiene unas patas transformadas en antenas de unos 10 cm de largo y otras dos patas que parecen las muelas de un cangrejo, llenas de espinas. Vive en huecos húmedos y oscuros de la selva. Pareciera que fuera el animal más peligroso del mundo pero es inofensivo, hasta el punto que a veces algunos concursantes de TV se las comen en esos programas absurdos de superar pruebas para ganarse un puñado de dólares. Es carnívoro, no es araña ni escorpión y repta cualquier cosa que tenga en frente. Como yo en el Valle Sagrado.
Pachar es una pequeña comunidad de agricultores entre Urubamba y Ollantaytambo. Se encuentra a orillas del río Vilcanota y a sus espaldas hay un hermoso cañón que nos lleva hasta Huarocondo, el pueblo del chicharrón, y las amplias pampas de Anta donde se encuentra Zurite, cuyos andenes son los más largos del Perú.

Frente a Pachar, junto a la carretera que nos lleva a Ollantaytambo, hay unos enormes cerros verticales. Yo no sabía que los cerros y las montañas tuviesen dueño, pero así es. Un paisano de Pachar decidió alquilar una de esas montañas de piedra blanca y pequeñas orquídeas, que crecen caprichosas en alguno de sus salientes, a Ario Ferri y Natalia Rodríguez, los creadores de la primera vía ferrata del Perú, llamada Natura Vive.

Las vías ferratas son caminos verticales realizados con tecnología de última generación que te permiten llegar a lugares que sólo estaban reservados a las aves y las nubes. En mi caso tengo frente a mí unas escaleras empotradas en la piedra, junto a un cable galvanizado de seguridad, que se pierden en la cima de la montaña alquilada. Comienza mi experiencia de hombre araña, subir por las paredes verticales hasta los 300 metros de altura, atravesando también un minúsculo puente de cables de acero, bajo el que sólo existe el vacío y, al final de él, unos carros y una carretera que parecen dibujados. Desde arriba todo es bello. El río, el cañón, las nubes y el silencio.

La adrenalina es geométricamente proporcional a la ascensión. A medida que subes, con toda la seguridad imaginable, te aferras como una araña escorpión a lo que te rodea. Cuando bajas eres la envidia de Spiderman. Lo haces realizando un rappel que te exige colgarte en el vacío o lanzándote en un zip line formado por seis cables de entre 100 y 500 metros de longitud, sobre los que te deslizas a más de 50 kilómetros por hora y que unen varios de los cerros que me envuelven.

Mi adrenalina y mi sangre se mueven a mayor velocidad que la luz. Como los neutrinos de Ginebra. Subo y bajo como araña, para después, disfrutar como nunca de tener los pies en la tierra y no ser ni araña ni escorpión. O eso creo.


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