El mundo que dio origen al Consenso de Washington hace 35 años ya no existe. Si bien ayudó a expandir el comercio y reducir la pobreza, dejó sin resolver cuestiones esenciales sobre bienestar, equidad y oportunidades reales. Hoy, la economía global vive bajo riesgos geopolíticos, crisis migratorias, polarización política, inseguridad ciudadana y un calentamiento global acelerado. La revolución tecnológica tampoco ha logrado democratizar este progreso, pues la productividad se concentra en pocos sectores y territorios, mientras millones de trabajadores permanecen atrapados en empleos precarios. Todo lo anterior alimenta un dualismo productivo entre enclaves modernos y una economía informal –e incluso ilegal– en expansión.

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