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"Nostalgia del fango", por Jerónimo Pimentel

 "El vientre de la ballena", la columna de  Jerónimo Pimentel.

Nostalgia del fango

[Fotoilustración: Mind of robot]

Mind of robot

Me encuentro con Méndez en un restaurante croata en Berlín.
La frase tiene potencia, el inicio de una mala novela de espías, pero la realidad es bastante más vulgar: yo voy a un curso y Méndez sigue ebrio después de la borrachera de anoche. Es un domingo de verano con llovizna. El mozo, un gigante eslavo que busca la carta traducida, nos mira con pasmo. Al final señalo la única palabra que entiendo y Méndez pide, en alemán perfecto, un Babić para acompañar la carne. Conversamos. Va a volver a Lima luego de cinco años y me pregunta lo que el estado de bienestar europeo le ha hecho olvidar.

Lo primero que le recuerdo es que todo el que puede paga doble. Los test de comprensión lectora y aptitud matemática demuestran que la educación pública, en promedio, no es peor que la privada; igual, todo el que se lo puede permitir invierte en un colegio. Es una forma de alivio, de descargar culpa. Un acto reflejo que se reproduce en todos los ámbitos. Si eres trabajador formal, pagarás tanto EsSalud como EPS. Y Oncosalud, si alcanza. Y no hay mucha seguridad en que ello mejore tu promedio de vida, que la AFP de tu elección calculará de tal forma que solo tendrás tus aportes cuando ya no los necesites. El Estado te cobra como si fuera Suecia y te sirve como Haití. La empresa privada te cobra como si trabajaras en París y te atiende como si te hiciera un favor.

¿Calidad de vida? El transporte público sigue siendo inexistente o deficiente. El tren eléctrico y el Metropolitano colapsaron al día siguiente de sus respectivas inauguraciones. El aeropuerto ha pasado de ser el mejor de la región a un mall atiborrado de colas, reclamos y listas de espera. Hay déficit de infraestructura, pero los peajes son los más caros del continente. Igual, nada te asegura que el taxista de la calle o el de la aplicación no sea un criminal. El Estado no controla al primero y el privado no se responsabiliza del segundo. Hay ahí una forma de consistencia.

A eso hay que añadir los gastos secretos, pero inevitables, de la clase media banal: un profesor particular, vacaciones útiles, quizá un club recreativo, Netflix, los regalos de cumpleaños para los compañeros de clase, etcétera. Cada quien escoge su forma de escapismo, pero trata de que no sean las redes sociales ni la TV local, medios hermanados en un objetivo poco plausible: ser plataformas de exhibición de la miseria humana abiertas al odio público. La política peruana las atraviesa y deja alrededor su tufo de estupidez y ferocidad. El populista más abyecto de Alemania y el legislador más nacionalista de Cataluña serían políticos articulados al lado de lo que ofrece Fuerza Popular. Evitemos la comparación internacional: pasar de Pablo Macera y Martha Hildebrandt a Miguel Torres y Lourdes Alcorta implica descender cientos de escalones hacia el sótano inmoral absoluto. Las otras facciones tienen caídas equiparables: de Víctor Raúl Haya de la Torre a Alan García hay un abismo profundo, trágico e insondable; la misma brecha intelectual que separa a Javier Arias Stella de Yonhy Lescano. Si deseas insistir, piensa cómo conviven en una sola frase Alfonso Barrantes y Marco Arana, Pedro Beltrán y PPK. No, no tengo nostalgia del fango. Sí, sí dan ganas de llorar.

Mi padre decía que, en el Perú, un trabajo son tres trabajos: el primero es encontrar el trabajo; el segundo es hacer el trabajo; el tercero es cobrar el trabajo. Eso no ha cambiado, pero tenemos la experiencia, los viejos recursos de la sobrevivencia sudamericana: inventa y cobra, habla y cobra, produce y cobra. No dudes, no está permitido; no te quejes, caerás mal; no cuestiones, te terruquean. Mira Chile como quien observa a un dios moderno, y agradece que no estás en Venezuela. Luego deja que la vida pase, dite a ti mismo que este es el mejor Perú de todos los que han existido, y hazle cariño a tus hijos antes de irte a dormir. Mañana será otro día. Ya se verá.

El mozo ha traído la cuenta. Méndez me pregunta si pago yo o la empresa. Le quita la botella de la mano al gigante que nos atiende y le increpa con dureza en un idioma tosco. Salimos y vamos a caminar por la orilla del Spree. Es verano, pero hace frío.
—¿Y, te casaste? —pregunta.
—Mira, te enseño las fotos.

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