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“Parece haber ganado musculatura con el correr de los años”: crítica del libro “Los eunucos inmortales”
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“En realidad yo viajé a China porque siempre quise vivir en un país socialista, y además creía que ahí iba a encontrar la felicidad. Al cabo de más de diez años no encontré ni lo uno ni lo otro”, afirmó Oswaldo Reynoso (1931-2016) en una entrevista realizada en 1994, poco después de haber regresado al Perú. Trajo de esa experiencia los materiales para escribir un cuento de ensoñada belleza, “En busca de Aladino” (1993), en el que exploraba los agrestes y al mismo tiempo sugestivos parajes mitológicos de la China interior. Pero también volvió con la semilla de lo que sería su novela más ambiciosa y pulida, “Los eunucos inmortales” que publicó a mediados de 1995, con cierta prensa, pero cuyo valor no fue entendido del todo por la crítica de aquel momento, situación similar a la que experimentó “Babel, el paraíso” (1993), notable ficción de Miguel Gutiérrez también ambientada en la China donde el socialismo estaba sumido en una crisis en la que solo quedaba aspirar a un humanismo liberador.
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Treinta años después nos llega una edición conmemorativa de “Los eunucos inmortales”, ocasión propicia para el reencuentro con uno de los libros capitales de Reynoso. Escrito a la manera de un diario personal, político, poético y catártico, con una base temporal de once días, “Los eunucos inmortales” repasa las vivencias juveniles de Reynoso en la convulsa Arequipa, los recuerdos de su estadía en China y el momento climático del volumen, las grandes manifestaciones que decantaron en la masacre de Tianamen. Reynoso propugna en su novela que aquella felicidad que tanto buscó, fundamentada en el socialismo, había sido traicionada primero por las desviaciones de la Revolución Cultural y luego por la economía de mercado implementada por Deng Xiaoping y sus fieles, los nefastos y represivos eunucos inmortales a los que nuestro autor alude. “La vida sin libertad no solo es fea, sino sucia”, es la frase que Reynoso pone en boca del joven Liang, uno de los más entrañables personajes de esta historia, y que puede considerarse como el arte poética en la que fundamenta su relato.
El esmerado lenguaje de “Los eunucos inmortales”, caracterizado por frases largas como versículos y por la combinación de un aliento onírico con un realismo caleidoscópico, parece haber ganado musculatura con el correr de los años. Solo los tramos en que Reynoso explora el universo urbano y rural de la China que vivió son suficiente muestra de un narrador que como nadie en nuestro país fue capaz de aprehender e ilustrar las experiencias sensoriales que vivimos en relación al hedonismo sensual y al placer de la comida. La descripción de las frutas exóticas, de las carnes sazonadas con hierbas misteriosas, los complicados platos orientales y las perfectas descripciones sensitivas permanecen en la memoria del lector, incitada y sacudida por los sabores y olores que Reynoso materializa con proustiana maestría. Esa urgencia de paladear los regalos de la vida tiene un contrapunto muy bien trabajado: el cáncer que el protagonista, un alter ego de Reynoso, padece y del que trabajosamente se recupera mientras interactúa con una procesión de personajes que enriquecen las perspectivas de una novela que consigue el raro mérito de hacer de la mirada personal una puerta para una visión comunitaria y utópica.

OSWALDO REYNOSO. LOS EUNUCOS INMORTALES.
Editorial: Alfaguara.
Año: 2025.
Páginas: 298.
Valoración: 4 estrellas de 5 posibles.










