Por Juan Carlos Fangacio Arakaki

Podía hurgar en las tribulaciones del padre de un bebé monstruoso (“Cabeza borradora”), perderse en los indescifrables misterios alrededor de un feminicidio (“Twin Peaks”) o convertir los sueños dorados de Hollywood en auténticas pesadillas (“Mulholland Drive”). El enorme David Lynch (1946-2025), ejemplo perfecto de lo que se entiende por cineasta de culto, era un tipo raro por naturaleza. Laberíntico, inexplicable, perturbador. Y por eso nos encantaba.