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Su hijo es alcalde de Nueva York, dirigió en Bollywood y para Disney: Mira Nair, la cineasta que influencia la campaña de Zohran Mamdani
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Una tarde de 1987, en las calles sofocantes de Bombay, Mira Nair observó a un niño que servía té a los clientes de un burdel. Tenía unos once años, los pies descalzos y una sonrisa de superviviente. Ella llevaba semanas filmando a niños como él, pequeños obreros de una ciudad que nunca dormía. En ese instante entendió que su cámara no solo registraba una historia: la estaba devolviendo al mundo. De esa imagen nacería “Salaam Bombay!”, la película que cambiaría su vida y el rumbo del cine indio.
Mira Nair nació en Rourkela, una ciudad industrial del este de la India, en 1957. Era la menor de tres hermanos en una familia punyabí de clase media: su padre era burócrata, su madre trabajadora social. Desde pequeña aprendió a moverse entre ciudades y acentos —de Rourkela a Bhubaneswar, de Shimla a Delhi—, con una maleta llena de libros, especias y preguntas. En la escuela, los teatros improvisados la fascinaban más que las matemáticas, y pronto encontró en las artes visuales la libertad que más tarde hallaría detrás de una cámara.

En la Universidad de Delhi ingresó a Miranda House para estudiar sociología. Pero fue en el teatro callejero, con el grupo de Barry John, donde descubrió el poder político de la representación. Nair recorría plazas y barrios obreros dramatizando temas de justicia social. “Aprendí que el arte no es solo belleza; es una herramienta para hablarle a la gente”, recordaría años después. Esa conciencia, entre lo estético y lo social, sería el eje de toda su filmografía.
Su curiosidad la llevó a rechazar una beca en Cambridge y aceptar otra en Harvard. “Cambridge olía a disciplina, Harvard olía a libertad”, dijo alguna vez. Allí estudió cine con maestros del cinéma vérité como Richard Leacock y D.A. Pennebaker, de quienes aprendió la ética de observar sin intervenir. En 1979, como parte de su tesis, rodó su primer cortometraje en blanco y negro, “Jama Masjid Street Journal”, un retrato de las calles de la Vieja Delhi que olía a té con cardamomo y a humanidad.
El documental sería su puerta de entrada a una forma de mirar el mundo. Luego vinieron “So Far from India” (1982), sobre un vendedor de periódicos indio en Nueva York, y “India Cabaret” (1985), donde retrató sin pudor la doble moral de la sociedad hacia las bailarinas de Bombay. Durante meses convivió con ellas y, a pesar del rechazo familiar, descubrió que la cámara podía ser un espejo que devuelve dignidad.

Un cine diferente
Después de esos años entre cámaras ligeras y verdades crudas, Nair sintió la necesidad de controlar la historia. Los documentales, decía, “casi nadie los veía”. Así que decidió crear ficción sin abandonar la realidad. De esa búsqueda nació “Salaam Bombay!” (1988), escrita junto a su amiga Sooni Taraporevala. El resultado fue una fusión inédita de documental y drama que ganó la Cámara de Oro en Cannes, más de 25 premios internacionales y una nominación al Óscar. Nair se convirtió en la primera directora india en lograrlo.
Aquel éxito la catapultó a los circuitos del cine mundial, pero también la separó del confort de Bollywood. En su país, donde los héroes bailaban bajo la lluvia, pocos quisieron mirar el espejo roto que ella ofrecía. Sin embargo, el resto del mundo la celebró. La mujer que había filmado la miseria con compasión era ya una voz global.

Su siguiente gran película fue “Mississippi Masala” (1991), un retrato de amor interracial entre una joven india y un afroamericano, interpretado por Denzel Washington, en el sur profundo de Estados Unidos. Allí, Nair exploró el racismo, la diáspora y la nostalgia con un pulso sensual y político. Ganó tres premios en Venecia y el respeto definitivo de la crítica internacional.
Ese mismo año, mientras investigaba para la cinta, conoció al antropólogo Mahmood Mamdani en Kampala, Uganda, con quien se casaría unos años más tarde. Tras recoger galardones, cerrar acuerdos y mantener algunas citas con Mamdani, descubrió que estaba embarazada. Su hijo, Zohran Mamdani —llamado así en honor a Kwame Nkrumah, el primer presidente de Ghana—, nacería como una promesa entre los dos mundos que amaba: el del cine y el de la vida real.

La mujer de Bollywood
Convertirse en madre no detuvo a Nair, y se mudó en 1998 al Morningside Heights en New York donde continuó su carrera. En “Monsoon Wedding” (2001) retrató una boda punjabi como una metáfora de la India moderna, atrapada entre la tradición y la globalización. Rodó la película en treinta días, con 68 actores y 40 locaciones, y la convirtió en un fenómeno internacional. Ganó el León de Oro en Venecia, un premio que hasta entonces ninguna directora había conseguido. El mundo empezó a llamarla “la mujer de Bollywood”, aunque su cine abarcaba una mirada que apuntaba a muchos ángulos poco vistos.
Luego adaptó “The Namesake” (2006), la novela de Jhumpa Lahiri sobre la identidad de un joven indio-estadounidense. Por aquel entonces rechazó dirigir “Harry Potter y la Orden del Fénix” porque su hijo, entonces adolescente, le dijo: “Hay muchos buenos directores para Harry Potter, pero solo tú puedes filmar ‘The Namesake’”. Nair lo escuchó. Y tenía razón: aquella historia sobre raíces y pertenencia llevaba su propia voz.

Años después, en Uganda —país donde vivió con su esposo y tuvo a su hijo—, dirigió “Queen of Katwe” (2016) para Disney. Era la biografía luminosa de una niña pobre que se convierte en campeona de ajedrez. En cada plano se sentía la alegría y la dureza de África, su otro hogar. Allí también fundó Maisha Film Lab, un taller gratuito para jóvenes cineastas de África Oriental. Su lema: “Si no contamos nuestras historias, nadie más lo hará”.
Mientras tanto, su hijo Zohran crecía en Nueva York, entre debates políticos y películas en postproducción. Estudió en la Universidad de Columbia, al igual que su padre, y comenzó a interesarse por la justicia social. Nair lo alentó con la misma pasión con que dirige sus películas, y esta vez fue él quien siguió sus consejos, primero como músico y luego adentrándose en la política en 2015.

Una mordida a la Manzana
Cuando Zohran Mamdani decidió postular al Congreso estatal por el distrito de Queens, su madre lo acompañó a cada acto, silenciosa pero firme. No era una figura de campaña; era una presencia moral. Durante las caminatas, Nair repartía volantes y sonreía detrás de su mascarilla. Al poco tiempo sería electo .
Pero la historia no terminó ahí. En 2024, Zohran anunció su candidatura a la alcaldía de Nueva York, una decisión que tomó por sorpresa incluso a su madre. Desde entonces, la directora volvió a recorrer los barrios de Queens, Brooklyn y Harlem, ahora bajo un nuevo libreto. Cuando Zohran ganó las elecciones en 2025, madre e hijo se abrazaron frente a una multitud que coreaba su nombre. “Zohran, qué belleza”, escribió ella luego en sus redes.

Hoy, Mira Nair divide su vida entre Kampala y Nueva York. Practica yoga, sigue enseñando cine en la Universidad de Columbia, produce proyectos para jóvenes realizadores en África y Asia, y trabaja en nuevos proyectos. El próximo año publicará su biografía oficial, mientras se centra en su próximo proyecto: “Amri”, biopic sobre la icónica pintora indohungaresa Amrita Sher-Gil.
Cuando se le pregunta si se siente extranjera en Estados Unidos, responde en diversas entrevistas casi lo mismo: “El cine de todo el mundo que te muestra que mi calle es, en realidad, parecida a la tuya”. Bajo ese sello, Mira Nair sigue apuntando la cámara hacia sus tres grandes amores: el cine, la humanidad y su hijo.












