Por Ricardo Hinojosa Lizárraga

Y en el principio, solo fue la nieve. El manto blanco sobre la llanura blanca en un mundo en blanco. Hasta que él apareció. Lo hizo entre árboles secos, pinos supervivientes y rifles acechantes, al pie de las montañas. Cabalgó entre balas y regresó de dónde los muertos, envuelto en un largo abrigo negro, la cara envuelta en lana, el sombrero con migajas blancas, la mirada serena. Una mirada que, por cierto, lo dirá todo tras cada preciso disparo de su Mauser. No necesitará palabras. Nunca. “Lo llaman Silencio. Porque por dónde él pasa, solo queda el silencio de la muerte”, dicen sobre él.

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