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La forma de expresarse artísticamente de Sonia Cunliffe ha pasado de lo visual a la palabra escrita. "A la izquierda, en el desvío" es su debut literario.

La forma de expresarse artísticamente de Sonia Cunliffe ha pasado de lo visual a la palabra escrita. "A la izquierda, en el desvío" es su debut literario.

Resumen

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La forma de expresarse artísticamente de Sonia Cunliffe ha pasado de lo visual a la palabra escrita. "A la izquierda, en el desvío" es su debut literario.
La forma de expresarse artísticamente de Sonia Cunliffe ha pasado de lo visual a la palabra escrita. "A la izquierda, en el desvío" es su debut literario.
Por Diana Mery Quiroz Galvan

En medio del convulso régimen de Juan Velasco Alvarado y las transformaciones socio-económicas que este implicó, un lugar a 190 kilómetros de Lima parecía ajeno a estos conflictos. Asentado dentro de los linderos de la Cooperativa Agraria Azucarera Paramonga este bucólico espacio imitaba a los pueblos campestres de Estados Unidos o Inglaterra. Con salones de bowlling, canchas de tenis y chalets para los ingenieros que allí trabajaban, aquel mundo tan distinto a una realidad que golpeaba con fuerza al Perú es retratado por la artista visual Sonia Cunliffe en “A la izquierda, en el desvío”, libro de 15 relatos cortos con el que debuta en la literatura. Fueron nueve años, desde los cinco a los catorce, los que la escritora vivió en aquella “burbuja”. La familia Cunliffe Seoane llegó a la zona en 1971 cuando el padre de Sonia fue contratado por la cooperativa para ser el gerente de la fábrica de azúcar que hasta hacía poco había pertenecido a la firma americana W. R. Grace & Co. “Nosotros, mis hermanos y yo, nos criamos de manera muy libre, pero el chalet era para los ingenieros y el pueblo para los obreros. Era loquísimo porque a pesar de lo que sucedía en el país los cooperativistas mantenían esa idea de separación”. Sin embargo, el choque cultural fue inevitable, sobre todo en el colegio y en los paseos por la Fortaleza de Paramonga o las Lomas de Lachay, en los que las hamburguesas y el cuy frito de las loncheras marcaban el contraste. “Yo me sentía una niña normal, pero cuando me gritaron ‘gringa machichi’ desde el bus que venía del pueblo, empecé a darme cuenta de esas diferencias”, recuerda.