Juan Carlos Fangacio

Deambulando por los salones de la Indica Gallery de Londres, un miope buscaba a la autora de aquellas obras de arte conceptual que lo fascinaban pero no entendía: una pintura en el techo que solo contenía la palabra “Yes”, un tablero de ajedrez en el que todas las piezas y recuadros eran blancos, y demás extrañezas. La encontró vestida enteramente de negro, como siempre. Era la japonesa Yoko Ono, siete años mayor que él, quien no sabía quiénes eran los Beatles. Ocurrió el 9 de noviembre de 1966, hace ya 50 años.

 

Se habían encontrado las dos mitades de una de las parejas más polémicas de la historia de la música. Porque ambos comenzaron siendo amantes y luego se divorciaron de sus respectivos compromisos: Yoko del productor de cine Anthony Cox, y John de Cynthia Lennon. Y ambos tenían hijos de la misma edad: Kyoko Chan Cox y Julian Lennon, ambos de tres años.

“En cierta forma, ambos arruinamos nuestras carreras por estar juntos”, confesó alguna vez Yoko, quien se ha llevado la peor parte de las habladurías en torno a la relación. Ella no tuvo a un Chapman que la matara por la espalda y la convirtiera en leyenda.

De Lennon se ha conocido recientemente una faceta agresiva y violenta durante su primer matrimonio; pese a ello, aún es Yoko  el blanco predilecto de los críticos: ella es la arpía, la ‘femme fatale’, la presencia que acabó con la banda más grande del planeta. De nada ha servido que Paul McCartney haya firmado la paz al decir que el grupo de todas maneras se hubiese separado. Es más fácil achacarle la culpa a 'la otra'. Y desde entonces, el síndrome Yoko se ha vuelto un lugar común.

—Two of us—

Con todo, a ninguno parecía importarle lo que se dijera de ellos y por eso se casaron en Gibraltar en el 69, un año perfecto para quienes celebraban el amor en toda su expresión. De hecho, su intervención más famosa la hicieron encamados, en protesta contra la guerra en Vietnam. Estaban convencidos de que solo el amor podría llevar a este mundo a la paz. “Yo me hubiera llevado a Hitler a la cama –declaraba Yoko por entonces–. Solo hubiese necesitado diez días con él”.

Y así, en catorce años de relación –con una separación de año y medio que Lennon llamó “the lost weekend”–, la pareja procreó a su hijo Sean Lennon, a la Plastic Ono Band y algunos temas inolvidables como “Imagine”, “Give Peace a Chance” o el disco “Double Fantasy”, que trasluce musicalmente el encuentro de sus dos personalidades y referencias artísticas: una alternancia entre los atractivos temas pop de John y los menos amigables juegos vocales de la siempre disruptiva Yoko.

En ese álbum casi póstumo quizá esté la clave para entender que, aunque aparentaban ser una simbiosis, John y Yoko fueron siempre espíritus libres, que funcionaron como complemento, no como dependencia. Lo explicó él mismo, tal vez harto de quienes murmuraban que ella se trepó al coche de su fama: “Yoko nunca necesitó un Beatle. ¿Quién necesita a un Beatle?”.

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