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El balance de lo que fue el 2016 para el teatro en el Perú

En el 2016, el teatro peruano continuó esforzándose por encontrar una identidad y crear nuevos públicos

El balance de lo que fue el 2016 para el teatro en el Perú

El balance de lo que fue el 2016 para el teatro en el Perú

Este ha sido, sin duda, el año de Shakespeare. En el aniversario de los 400 años de su desaparición, el mundo entero le rindió tributo al más grande dramaturgo, y el Perú no fue la excepción. Sin embargo, nos habría gustado tener un programa más articulado, pero no fue así. Aunque el Británico nos ofreció “Hamlet” y “Noche de Reyes”, bien podría haberse estructurado una celebración más elaborada con música, cine y tantas otras disciplinas en las que el gran dramaturgo británico ha tenido impacto. Fue más bien Chela de Ferrari, desde su puesto en La Plaza, quien supo celebrar con un montaje exquisito de “Mucho ruido por nada”. Una propuesta teatral en la que se fundieron las ideas del pasado con las del presente. Con gran tacto y estilo, supo abordar la problemática contemporánea sin contaminar de manera panfletaria un texto tan emotivo. Allí está el valor de un montaje que conmovió y emocionó. Por todos sus méritos, “Mucho ruido por nada” es la obra del año. 

Al margen de las producciones comerciales, el único y notable esfuerzo por celebrar al Cisne de Avon en una dimensión universal fue “Imagina Shakespeare”. Se trató de una propuesta conjunta del British Council Peru y el Gran Teatro Nacional, creada para dar a conocer al gran autor teatral al público más joven y con ello afi anzar el programa dedicado a la formación de nuevas audiencias. Escrita por Mateo Chiarella y dirigida por Alberto Ísola, la obra hace un recorrido por obras como “Romeo y Julieta”, “Hamlet” y “La tempestad”. El éxito fue tal que logró convocar a unos diez mil jóvenes durante el año. Una experiencia que no debe ser olvidada y que debería fijar un camino a seguir. 

HECHO EN CASA

Durante el año hemos tenido una cartelera verdaderamente estimulante, con títulos clásicos y contemporáneos, apuestas diferentes que no siempre llegaron a buen puerto, pero cuyo valor se encuentra justamente en el riesgo. Y allí es donde se va creando un teatro verdadero, donde directores, escritores, actores y todos los que intervienen en una producción se entrenan, se prueban a sí mismos y toman consciencia de sus logros y limitaciones.

La dramaturgia nacional estuvo presente principalmente por esfuerzos como Sala de Parto y, en cierta medida, Microteatro. No obstante, las obras nacionales estrenadas en el circuito comercial no fueron muchas. “Collacocha”, de Enrique Solari Swayne y dirigida por Rómulo Assereto, fue la única producción en este apartado que llegó al escenario con una puesta en escena muy lograda. Su solidez teatral confirmó a La Plaza como una compañía que no solo se propone alcanzar niveles de excelencia, sino que los logra. 

En cuanto a los estrenos, apreciamos los esfuerzos de dramaturgos jóvenes como Gonzalo Rodríguez Risco, quien este año nos entregó “Nunca llueve en Lima”, una obra interesante aunque sin ese toque que distingue una propuesta de otras. 

En cuanto a los musicales sobresalieron “En el barrio”, la joya de Lin-Manuel Miranda, bajo la dirección de Bruno Ascenzo, y “Mamma Mia!”, el éxito internacional de Abba con puesta en escena de Juan Carlos Fisher. Y en el plano nacional, destacó el sentido tributo a Chabuca Granda en “Déjame que te cuente”, producido por Preludio. Tres montajes que supieron encantar a un público más amplio y abierto a nuevas experiencias. 

En todo caso, los mayores logros durante este año estuvieron en el campo de las adaptaciones. El año comenzó con un sentido tributo a Chejov en “El amor es un bien”. Un sencillo montaje basado en “Tío Vania”, pero en el que el director Francisco Lumerman supo imprimir verdad. Un triunfo del estilo y en el que un inspirado elenco dio vida a los conflictivos personajes del drama ruso. También fueron interesantes dos montajes a cargo de Carlos Tolentino: “Mrs. Klein” y “Un informe sobre la banalidad del amor”. Dos piezas de teatro adulto, basadas en historias reales y llevadas al escenario con buen tacto y sin excesos. 

La abulia existencial de “El amor es un bien” se inspira en el drama “Tío Vania” de Chejov. (Foto: Alianza Francesa)

Finalmente, dentro de una variadísima producción, hay que mencionar tres obras muy diferentes entre sí, pero que evidenciaron un talento desbordante: “Cielo abierto”, de David Hare, en una impecable producción bajo la dirección de Mateo Chiarella; “Creoenunsolodios”, de Stéfano Massini, que reveló a Nishme Sú- mar como una artista sensible y capaz de poner sobre el escenario la mayor tragedia de nuestros tiempos; y “El dolor”, de Marguerite Duras, en un montaje en el que Alberto Ísola ofreció la mejor clase maestra de dirección teatral. 

Roberto Prieto, Wendy Vásquez y Alberto Ísola en “Cielo abierto”. Una historia sobre dos antiguos amantes que se vuelven a encontrar.

LOS INTÉRPRETES

En cuanto a nuestros actores, esta fue una temporada especialmente inspirada. Puede resultar redundante, pero el elenco completo de “Mucho ruido por nada” es probablemente el ensamble mejor compuesto en años, con una pareja protagonista a cargo de Paul Vega y Pietro Sibile que ya es antológica; como lo es la actuación de Alejandra Guerra en “El dolor”, una travesía emocional impactante. Al igual que ella, Attilia Boschetti (“Mrs. Klein”) y Camila Zavala (“Un informe sobre la banalidad del amor”) supieron crear verdaderos seres humanos sobre las tablas. Mención aparte merece la naturalidad y nervio que Wendy Vásquez inyecta a su personaje en “Cielo abierto”. 

Attilia Boschetti brilló en “Mrs. Klein”. La historia gira en torno a una madre y su hija que exponen sus reproches y culpas tras la muerte de un ser querido. (Foto: Rolly Reyna)

Camila Zavala y Javier Valdés: amantes y fi lósofos en “Un informe sobre la banalidad del amor”. (Foto: Alessandro Currarino)

Notable Alberto Ísola, tan efectivo como el amante cansado de “Cielo abierto”, y también como el intransigente señor Lino de “Almacenados”. Del mismo modo, Leonardo Torres nos entregó uno de sus personajes más logrados en “Collacocha”. Y en cuanto a los actores jóvenes, vimos con emoción el despegue de intérpretes con distintos registros como Juanjo Espinoza (“El montaplatos”), Macla Yamada (“Una historia de amor israelí”), Emanuel Soriano y Patricia Barreto (“Nunca llueve en Lima”), y Rodrigo Palacios (“Hamlet”). 

Un imperdible Alberto Ísola se enfrenta a los absurdos laborales en “Almacenados”. (Foto: Hugo Pérez)

Leonardo Torres Vilar, Alberick García y Óscar Meza en “Collacocha”. (Alonso Chero)

Finalmente, también supieron brillar actuando, bailando y cantando al mismo tiempo un buen grupo de entusiasmados actores: Andrés Salas, notable en “En el barrio”, junto a Verónica Álvarez, Gisela Ponce de León, Luis Baca y un gran elenco; y Ebelin Ortiz no pudo estar mejor acompañada en “Mamma Mia!”, sobre todo en sus escenas con Wendy Ramos y Johanna San Miguel. 

Hemos tenido 365 días de teatro. Del bueno, del malo y del feo. Pero teatro finalmente. Creando nuevos públicos, esforzándose por encontrar una identidad y capaz de aprender de sus propios errores.


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Año 2016

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