En tiempos en los que se anuncian compras de tanques y vehículos blindados para reforzar la capacidad disuasiva del país, conviene recordar una verdad elemental: las fronteras no se defienden solo con armas, sino con presencia. La experiencia demuestra que la verdadera garantía de soberanía está en el desarrollo sostenido de las poblaciones fronterizas, en su integración al resto del país y en la provisión efectiva de servicios básicos a esas poblaciones. Las llamo fronteras vivas, territorios habitados, conectados y productivos.
El reciente incidente entre el Perú y Colombia por la isla Santa Rosa, en pleno río Amazonas, volvió a poner el tema sobre la mesa. Más allá de las declaraciones políticas o diplomáticas –“Santa Rosa es peruana”–, la pertenencia real de un territorio se consolida con hechos. Infraestructura, conectividad, servicios y población estable son los elementos que, en la práctica, definen la soberanía. Es, en esencia, soberanía que se habita.
El Perú es un país de fronteras extensas y complejas. Tiene 7.073 kilómetros de límites terrestres y fluviales con países vecinos, gran parte de ellos en la Amazonía. La frontera con Brasil, la más larga, se desarrolla casi íntegramente en la selva y sigue ríos como el Yavarí, Purús o Acre. La frontera con Colombia, dominada por los ríos Putumayo y Amazonas, es mayormente fluvial. Esta realidad convierte amplios tramos del territorio nacional en fronteras más acuáticas que terrestres, con enormes desafíos de control, integración y provisión de servicios públicos.
El episodio de Santa Rosa no es una excepción, sino el síntoma de un problema estructural: la ausencia de una política sostenida de ocupación y desarrollo de nuestras zonas fronterizas amazónicas. La soberanía no se ejerce con visitas esporádicas ni con promesas, sino con presencia permanente del Estado. Eso implica agua potable, saneamiento, energía, educación, salud, telecomunicaciones y, sobre todo, vías de comunicación seguras que integren estas comunidades al resto del país.
Construir fronteras vivas no significa solo instalar puestos fronterizos, sino crear condiciones para que la población se quede y prospere. La infraestructura es clave, pero debe adaptarse a la Amazonía y no al revés. Los ríos cambian, los cauces se mueven y los dragados son soluciones temporales. La ingeniería lo sabe: aquí se requieren soluciones flexibles, móviles y pensadas para convivir con un entorno dinámico.
La lección es clara. Tanques y blindados pueden disuadir, pero no consolidan territorio. La soberanía se afirma con desarrollo, población e infraestructura. Defender el país empieza por habitarlo.
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