Una encuesta del IEP señaló que los católicos en el Perú rondan más o menos el 60% de la población. En la tradición judeocristiana, los diez mandamientos no solo son normas religiosas, sino también una guía moral mínima para la convivencia (para distinguir el bien del mal). Si trasladáramos los mandamientos al terreno político, bien podrían servir como un espejo –incómodo– para quienes aspiran a gobernar el Perú, desde la presidencia, el Senado y la Cámara de Diputados hasta los gobiernos regionales y municipales. Veamos.
El primer mandamiento –“amarás a Dios sobre todas las cosas”– se vulnera cuando el candidato pone su propio ego, su partido o su ‘financista’ por encima del interés público. El poder deja de ser servicio y se convierte en culto personal.
“No tomar el nombre de Dios en vano” se incumple fervorosamente cuando se invocan valores, patria o pueblo solo como consignas vacías de campaña, para luego traicionarlos con decisiones oportunistas e irresponsables.
“Santificar las fiestas” podría traducirse en respetar la democracia y sus tiempos. Pero muchos candidatos confunden campaña con guerra permanente, con agresividad, debilitando las instituciones incluso antes de llegar al cargo.
“Honrar al padre y a la madre” implicaría respetar la historia republicana y el marco constitucional. Sin embargo, es común ver propuestas que prometen refundarlo todo sin comprender –o sin importarles– los costos sociales y jurídicos.
“No matarás” se quiebra en mil pedazos cuando se banaliza la violencia, se normaliza la inseguridad o se gobierna con indiferencia frente a las muertes evitables por negligencia estatal.
“No cometer actos impuros” encuentra su símil en la corrupción: contratos dirigidos, favores cruzados, tráfico turbio de influencias. La política deja de ser limpia cuando se vuelve transaccional.
“No robarás” parece obvio, pero sigue siendo el mandamiento más vulnerado. El erario continúa siendo visto como el gran botín y no como el recurso sagrado de todos.
“No darás falso testimonio” se incumple con promesas inviables, cifras maquilladas y enemigos inventados. La mentira se convierte en pura estrategia electoral.
“No codiciarás los bienes ajenos” se refleja en la captura del Estado por intereses privados o en la obsesión por controlar instituciones autónomas.
Finalmente, “no codiciarás la casa de tu prójimo” recuerda que el poder no es propiedad personal. Gobernar no es apropiarse del país, sino administrarlo con humildad.
Tal vez el problema no sea la falta de mandamientos o que nuestros candidatos no los conozcan, sino la ausencia de voluntad para cumplirlos. Y es que nuestros políticos y aspirantes a políticos han aprendido, con inquietante destreza, a incumplirlos sin culpa... y a esperar, además, ¡ser aplaudidos por ello!
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