Menos que humanos, por Paloma Bellatín

"¿Cómo una democracia desarrollada como la estadounidense puede permitir estos abusos a los derechos humanos?"

    Paloma Bellatin
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    pbellatin@comercio.com.pe

    (Foto referencial, AFP).
    (Foto referencial, AFP).

    Durante las últimas semanas, alrededor de 2.300 niños migrantes fueron separados de sus padres y puestos en centros de detención en Estados Unidos. Sus fotos llorando en jaulas inundan las redes sociales. La presión mediática hizo que el presidente suspenda la política de separación en la frontera la semana pasada. Sin embargo, la nueva medida solo implica que los padres esperarán sus juicios en los centros de detención junto a sus hijos, retrasando un poco la separación de la familia. Los padres aún serán juzgados en una corte criminal y nada se hará para reunir a los 2.300 niños con sus familias.

    Muchos se preguntan: ¿cómo una democracia desarrollada como la estadounidense puede permitir estos abusos a los derechos humanos?

    La respuesta está en la deshumanización de los migrantes, que ha ido escalando desde la campaña presidencial del 2016. Durante las primarias republicanas, candidatos llamaron “perros rabiosos” a los refugiados sirios y “caballos de Troya” a los refugiados musulmanes. El presidente Trump, por su parte, llamó “asesinos y violadores” a migrantes centroamericanos. Todo esto centró el debate migratorio en la degradación del migrante, alejando la discusión de los problemas de fondo que originan la migración y los refugiados.

    La estrategia no es nueva, los migrantes y las minorías siempre han sido tomados como chivo expiatorio, y diversos grupos étnicos han sido llamados “peste”, “simios”, “cucarachas”, “ratas” y la lista sigue. Hace unos meses, el presidente Trump llamó “animales” a los jóvenes migrantes centroamericanos. Las palabras no son nunca solo eso, son símbolos de cómo vemos a los demás y cómo construimos las ideas sobre “los otros”.

    La “deshumanización” de ciertos grupos se estudia mucho como fenómeno psicológico y neurológico. Un estudio hecho por investigadores del MIT, Harvard y Northwestern pidió a un grupo de estadounidenses catalogar qué tan “evolucionados” consideraban a distintos grupos, usando la clásica imagen evolutiva del hombre irguiéndose desde sus primeros antepasados. El estudio halló que, en promedio, los europeos y japoneses eran vistos como “igual de humanos” que los estadounidenses, mientras que los inmigrantes mexicanos, los árabes y los musulmanes, eran vistos como “menos humanos”.

    Estudios complementarios mostraron que las personas que veían a estos grupos como “menos humanos” también tenían mayores posibilidades de apoyar políticas antimigratorias, de detención y deportación, y menores probabilidades de protestar a injusticias cometidas contra estos grupos. Todos estos resultados fueron más extremos hacia los musulmanes.

    Así, vemos que el ser abiertamente racista o xenófobo es cada vez menos reprochado. Un estudio reciente de la Oficina Nacional de Investigación Económica estadounidense encuestó a personas en estados predominantemente republicanos sobre su disposición a donar dinero a organizaciones antimigrantes y de deportación. Antes de las elecciones, el 34% respondió que donaría dinero a estas organizaciones de forma pública. Luego de la victoria de Trump, este número se incrementó a 48%. La norma de lo que es socialmente aceptable está cambiando, y para mal. Hemos visto manifestaciones de ello en ataques a mezquitas y a latinos en las calles.

    Esta es la receta perfecta para que abusos a los derechos humanos escalen en magnitud y se vuelvan la nueva norma. Hoy nos sorprenden esas fotos. Luego volvemos a nuestras vidas, y los niños vuelven a sus jaulas. En un mundo desigual y vulnerable al cambio climático, la migración y los refugiados solo irán en aumento. Y como sean tratados y lo que se tolere como sociedad dependerá de qué tan humanos realmente creemos que son.