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Desastres artificiales, por Ari Caramanica

“A pesar de su previsibilidad, El Niño es categorizado como un desastre natural similar a los terremotos o las erupciones volcánicas”.

Ari Caramanica Fellow del Departamento de Antropología de la Universidad de Harvard

Áncash: fenómeno de El Niño deja severos daños en 3 provincias - 8

“Durante milenios en la costa norte, las sociedades coexistieron y florecieron con los eventos de El Niño, sin la ventaja de suministros médicos arrojados por helicópteros o canales revestidos de cemento” (Foto: Archivo).

Ahora que el Congreso le ha otorgado facultades legislativas al Gobierno en materia de la reconstrucción del norte, es buen momento para volver a reflexionar sobre el fenómeno de El Niño costero y la manera en que seguimos pensándolo.

El filósofo George Santayana dijo: “Aquellos que no recuerdan el pasado están condenados a repetirlo”. Las portadas de este Diario de marzo de 1983, 1998 y 2017 muestran que, en la costa norte del Perú, la historia se repite en un simulacro perfecto y cruel. El fenómeno de El Niño ha sido parte de la vida costera durante milenios, con eventos de precipitación masiva cada 15 o 20 años. Los efectos desastrosos son sentidos con mayor intensidad por las comunidades más vulnerables del país: los pequeños agricultores, inmigrantes y pobres. El Estado despliega esfuerzos heroicos para proporcionar alivio a la población después de cada evento; de hecho, desde Alberto Fujimori hasta Pedro Pablo Kuczynski rara vez se pierde la oportunidad de fotografiar a un mandatario vadeando las aguas de los huaicos. Sin embargo, década tras década, la historia se repite: cientos de vidas perdidas, cientos de miles de personas desplazadas y miles de millones de soles gastados en la reconstrucción.

A pesar de su previsibilidad, El Niño es categorizado como un desastre natural similar a los terremotos o las erupciones volcánicas. Un evento que ocurre cada cuatro o cinco Copas Mundiales (en Francia 98, el Perú se recuperaba de los estragos de El Niño) es tratado como si ocurriera cada cien años. Para explicar nuestra incapacidad para manejar los efectos de un fenómeno predecible, exclamamos: “¡Así es la naturaleza!”. La naturaleza, al parecer, simplemente sucede, y nos resignamos a la idea de que hay algunas cosas para las cuales simplemente no hay remedio.

De hecho, una visión más profunda de la historia muestra que muchos desastres naturales son nuestra propia invención. Durante milenios en la costa norte, las sociedades coexistieron y florecieron con los eventos de El Niño, sin la ventaja de suministros médicos arrojados por helicópteros, represas reforzadas o canales revestidos de cemento. Las sociedades prehispánicas operaron con un enfoque diferente respecto a sus paisajes y desastres naturales. En lugar de ver a El Niño como una perturbación para el equilibrio de sus sistemas naturales y culturales, los antiguos agricultores costeros lo consideraron como parte de la norma y otro recurso natural a su disposición.

Las culturas prehispánicas de la costa norte, comenzando al menos en el 900 a.C., emplearon una variedad de tecnologías innovadoras y modificaron paisajes enteros con el objetivo de capturar, redistribuir y cosechar el agua y los sedimentos ricos en materia orgánica transportados por las inundaciones de El Niño. En lugar de estar atados a un terreno fijo, los antiguos agricultores se movilizaban hacia fuentes de agua, incluidas aquellas que provenían de El Niño. La flexibilidad que brindaba la antigua tradición agrícola estaba perfectamente calibrada con la naturaleza cambiante del fenómeno. Eso cambió con la llegada de los españoles, pues las políticas de reasentamiento impusieron limitaciones a la movilidad de los agricultores, quienes se vieron forzados a trabajar terrenos cercanos a las zonas urbanas, los que eran altamente vulnerables a las inundaciones. Este patrón se repite hasta nuestros tiempos en gran parte de la costa norte, convirtiendo el fenómeno de El Niño en el desastre natural que hoy conocemos.

Con el cambio climático, este fenómeno se volverá más intenso y frecuente, lo que impone un reto mayor en el Estado Peruano, que lejos de abordar al tema como una anomalía que impone costosas tareas de reconstrucción cada dos décadas, debería tratarlo como un elemento normal de la vida peruana –tanto como el desgaste de las carreteras–. Es este cambio conceptual que puede ayudarnos a enfrentar mejor este y otros fenómenos.

El Niño afecta más de una sola región, clase o sector de la vida. Si se tiene alguna duda sobre las implicancias de largo alcance, solo basta mirar los titulares de marzo de este año. Quizá no sea coincidencia que casi exactamente un año después de El Niño costero Pedro Pablo Kuczynski haya renunciado a la presidencia. Esperemos que la historia se salte ese estribillo.

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