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A pocos meses de nuevos ciclos electorales en el Perú y Colombia, es indispensable evitar que las tensiones políticas internas se proyecten como disputas internacionales. Los vínculos históricos, culturales y de hermandad que unen a ambos países exigen que las diferencias se tramiten con visión de largo plazo, priorizando la cooperación, la complementariedad económica y la relevancia internacional compartida.
A pocos meses de nuevos ciclos electorales en el Perú y Colombia, es indispensable evitar que las tensiones políticas internas se proyecten como disputas internacionales. Los vínculos históricos, culturales y de hermandad que unen a ambos países exigen que las diferencias se tramiten con visión de largo plazo, priorizando la cooperación, la complementariedad económica y la relevancia internacional compartida.
El caso de la isla Santa Rosa en el río Amazonas es ilustrativo. La defensa de la soberanía es mandato constitucional para cualquier gobierno, y los temas limítrofes tienen una carga histórica y jurídica importante. Sin embargo, no todas las diferencias fronterizas surgen de decisiones políticas: en el Amazonas, la naturaleza también interviene. La sedimentación ha modificado el curso y la geografía del río, generando islas que no existían cuando se suscribió el Tratado Lozano-Salomón en 1922, el cual en 1929 asignó la isla Chinería al Perú. Santa Rosa y otras, en cambio, aparecieron en la década de 1960.
Desde entonces, el Perú ha ejercido presencia civil y militar. Colombia, por su parte, ha protestado reiteradamente, insistiendo en que la isla no estaba incluida en la asignación de 1929 y que su estatus debe definirse por la Comisión Mixta Demarcadora prevista en el tratado, siguiendo el derecho internacional y evitando apropiaciones unilaterales.
En el pasado se han explorado soluciones creativas. La excanciller María Ángela Holguín propuso a la cancillería peruana la creación de un parque ambiental binacional en las nuevas islas, aprovechando la importancia global del Amazonas y generando beneficios turísticos y ambientales para ambos países. Sin embargo, los cambios frecuentes de gobierno en el Perú y la falta de priorización política en Colombia han impedido un avance.
Ilustración: Víctor Aguilar / El Comercio
La reciente declaración del presidente Gustavo Petro, calificando la situación como “invasión territorial” y fijando plazos de 24 horas al Perú, resulta contraproducente. No solo distorsiona términos jurídicos, sino que eleva la tensión en un momento en el que la cooperación es vital para enfrentar desafíos comunes: narcotráfico en la frontera, pobreza en las comunidades ribereñas, falta de infraestructura, mejora de la navegabilidad y protección del río.
El debate técnico es claro: Colombia sostiene que Santa Rosa es una isla nueva unida por sedimentación a Chinería; el Perú afirma que siempre ha sido parte de esta última. La única manera responsable de resolverlo es mediante estudios conjuntos de batimetría y geología, con participación de expertos internacionales.
Además, ambos países están en mora de considerar escenarios de riesgo: el desplazamiento del cauce del río hacia territorio peruano podría generar, en el largo plazo, inundaciones y daños severos en zonas hoy consideradas ventajosas.
La diplomacia directa, respaldada por criterios técnicos y voluntad política, es la única vía para un acuerdo sostenible. Retomar la mesa binacional de trabajo, involucrar a las cancillerías, las armadas, geólogos y ambientalistas, y revivir la propuesta de un parque ambiental binacional no solo evitaría un litigio innecesario, sino que fortalecería la relación estratégica entre Colombia y el Perú.
En tiempos de incertidumbre política interna, no podemos permitir que un asunto técnico-ambiental se convierta en un símbolo de confrontación. El Amazonas y las generaciones futuras merecen unión, no división.
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