El Perú atraviesa un momento profundamente violento y carente de valores ciudadanos. En pocos días hemos sufrido hechos que revelan el deterioro de nuestra convivencia y la pérdida de respeto por las normas más básicas del orden social. Primero, el ataque armado en un concierto de Agua Marina frente a miles de personas. Luego, manifestaciones que, siendo legítimos instrumentos de la democracia, se desvirtúan cuando la violencia, la intolerancia y la falta de respeto mutuo, así como hacia las autoridades encargadas de garantizar la seguridad y el orden, reemplazan al diálogo y a la libertad responsable. Finalmente, el crecimiento sostenido de las extorsiones y del miedo que se respira en las calles. Todo ello refleja una sociedad que ha perdido el rumbo moral.
Nada de esto debería parecernos normal. Sin embargo, la violencia se ha infiltrado en tantos espacios de nuestra vida cotidiana que hemos empezado a convivir con ella como si fuera inevitable. La vemos en el tránsito, en las redes sociales, en los hogares y en la política. Hemos perdido la capacidad de indignarnos y, con ella, el sentido del respeto, la autoridad y la responsabilidad individual. Esa es, quizás, la forma más peligrosa de perpetuar la violencia: la indiferencia.
Mientras estos hechos ocupan los titulares, miles de mujeres enfrentan otra violencia, más silenciosa y constante. No es un hecho aislado ni un problema privado, sino una crisis estructural que nos atraviesa como sociedad. Según el Ministerio de la Mujer, más de 138 mil casos de violencia contra mujeres fueron atendidos en los Centros de Emergencia Mujer solo en el 2024. En lo que va del 2025, 78 mujeres han muerto por violencia de género, un 11% más que el año anterior. Detrás de cada cifra hay un rostro, una familia, una vida interrumpida.
Desde CARE Perú trabajamos para cambiar esta realidad con decisión y resultados tangibles. Durante más de cinco décadas hemos acompañado a comunidades de todo el país, poniendo a las niñas y mujeres en el centro de nuestra acción. Solo en los últimos años, más de 170 mil mujeres y adolescentes han fortalecido sus capacidades mediante programas que promueven educación, autonomía económica y liderazgo comunitario. Cada historia de vida reconstruida demuestra que sí es posible romper el ciclo de la violencia y construir un país más justo y solidario.
Nuestro trabajo no se limita a acompañar, sino a transformar. Promovemos talleres comunitarios, redes de apoyo y espacios seguros donde las mujeres se reconocen como sujetas de derechos y agentes de cambio. Trabajamos con docentes, padres y madres para educar en igualdad y derribar estereotipos que perpetúan la violencia. Lo hacemos junto a hombres aliados, convencidos de que una sociedad más justa se construye en corresponsabilidad.
En este contexto, lanzamos “Dame esos 5K”, la primera caminata solidaria por la paz y contra la violencia hacia las mujeres, que se realizará el domingo 9 de noviembre en la avenida Arequipa, en el parque Washington. Será un acto simbólico y colectivo: una manera de decir con firmeza que queremos vivir sin miedo y con respeto.
El Perú se prepara para elegir nuevas autoridades y este es el momento de preguntarnos qué país queremos construir. No habrá desarrollo sin seguridad, sin confianza y sin educación. Estas no deben ser promesas de campaña, sino compromisos asumidos con responsabilidad por quienes aspiran a gobernar.
Hoy el Perú no necesita más discursos, sino acciones. La convivencia con valores ciudadanos se construye en la calle, en la escuela, en la casa y en cada conversación. Por eso, hoy más que nunca, debemos volver a caminar juntos para erradicar la violencia y recuperar el respeto y la paz.
*El Comercio abre sus páginas al intercambio de ideas y reflexiones. En este marco plural, el Diario no necesariamente coincide con las opiniones de los articulistas que las firman, aunque siempre las respeta.