
En un mundo tomado por el deseo de dominar e imponer la violencia que le es afín, un libro como el de Jeremy Bendik, “Nussbaum’s Politics of Wonder: How the Mind’s Original Joy is Revolutionary”, resulta no solamente un bálsamo, sino también una hoja de ruta para transitar por este planeta desquiciado en el que nos ha tocado vivir. Partiendo de un análisis crítico de una propuesta de la filósofa Martha Nussbaum, Bendik nos acerca a un concepto analizado tempranamente por los griegos, para quienes el amor a la sabiduría empieza con el asombro ante el milagro de la vida. El asombro –sentimiento que se opone a las condiciones sociales y políticas del narcisismo reinante– nos es robado por el cinismo, la crueldad, la ambición desatada y la lucha por el poder. Definido como una emoción de sorpresa y deleite, el autor añade el hecho de que el asombro está asociado a la libertad que prevalece en el mundo de la imaginación de los niños que algún día fuimos. Bendik no se queda en una mera declaración filosófica y propone que una gobernanza basada en la ética pública y privada apunte a la creación de una cultura política revolucionaria que, efectivamente, apueste por la vida y la creatividad asombrada. En ese contexto, la obligación de los líderes es ser moralmente responsables del bienestar físico, pero también emocional de los ciudadanos. Este reclamo, crucial para esta etapa de sometimiento mental y degradación ética, no debe ser un abstracto platónico, sino una demanda permanente de todos los que nos negamos a claudicar ante los psicópatas de turno.
Pareciera ser una utopía el que se apueste por una vuelta al asombro de una niñez –antes respetada y ahora traficada, violada y asesinada– cuando lo que predomina, de acuerdo con una serie de analistas, es la deshumanización, el vacío existencial, la disolución de las identidades y el colapso ético. Es en ese escenario y en busca de ciertas claves que nos muestren una salida a esta debacle existencial que decidí regresar a la historia del temprano siglo XX y –a propósito de un nuevo aniversario de una Lima ensangrentada– recuperar la trayectoria de un limeño notable que combinó el humanismo, del que se nutrió en San Marcos, con una mirada integradora e inclusiva del Perú. Porque, si uno va a la producción intelectual de Joaquín Capelo (1852-1928), lo primero que sorprende es su precocidad intelectual: doctor en Ciencias a los 20 años con una tesis sobre las “Relaciones de los vegetales”, antecedida de otra con un título en verdad asombroso: “El origen y la formación de los cuerpos que pueblan la bóveda celeste”. Descendiente de nuestra estirpe ilustrada, en clave científica, su dominio de las matemáticas lo llevó a fundar la Sociedad Amantes del Saber (1870), en plena implosión del Estado guanero y, de ahí, a la escuela de ingeniería. Capelo es un teórico, pero también un ‘homo faber’, a pesar de que fue consciente de las resistencias culturales de una sociedad tan pacata como la limeña. Y es justamente a esa “Tres veces coronada” que tanto amó y que por ello analizó críticamente que dedicó su “Sociología de Lima”. Para Richard Morse los cuatro volúmenes escritos entre 1895 y 1902, en plena puesta en marcha del Ministerio de Fomento, constituyen una obra fundacional en la historia urbana de Latinoamérica. Ello, por la percepción integral que tiene el constructor de caminos, pero también futuro senador, prefecto de Loreto y fundador de la Asociación Pro-Indígena, sobre una sociedad que exigía cambios urgentes, no solo a nivel material, sino también cultural. Para quien consideraba que el saber era capaz de romper “la tiranía del poder y el dinero”, la transformación material de Lima debía ir obligatoriamente acompañada de una “ley moral”.
Mientras escribo esta nota homenajeando a Lima a través de uno de sus hijos más ilustres, pienso en nuestra degradación moral, que parece no tener límites. En esos tiroteos y explosiones diarias que tienen a los limeños en un estado de espanto permanente. ¿Qué hubiera pensado Joaquín Capelo, que asombrado miraba a la naturaleza y a las estrellas cuando era un adolescente, de esas jóvenes limeñas, trabajadoras del Congreso, una de ellas asesinada a balazos? ¿En qué momento esta sociedad del litigio, la violencia permanente y la celebración de la desgracia ajena las devoró entre sus fauces y les robó la capacidad de asombrarse? Mucho que reflexionar, en este aniversario 490, sobre el mundo que le estamos dejando a nuestra infancia, en especial a nuestras niñas en estado de absoluta vulnerabilidad.

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