Una de las características centrales de la modernidad es transitar hacia una sociedad meritocrática. El insistir en que los méritos deben primar sobre los contactos y el estatus socioeconómico al momento de contratar a alguien en una posición, sea pública o privada, no solo porque es justo, sino porque apuntala la eficiencia y productividad.
Lograr la meritocracia, sin embargo, siempre fue más un sueño que realidad, porque toda la sociedad se construye sobre estructuras que alientan las desigualdades. Estas pueden ser socioeconómicas, raciales, de género o étnicas.
Es por ello que, desde hace unos 30 años, muchos países han tomado acciones legislativas para garantizar el acceso a centros de formación, puestos políticos y cargos públicos para aquellas poblaciones que históricamente han sido marginalizadas o discriminadas (lo que se llama acción afirmativa o discriminación positiva).
Los conservadores le han puesto la mira a la acción afirmativa y sus beneficiarios aluden a un creciente empobrecimiento de la calidad. Por ejemplo, un comentario que hizo el fallecido Charlie Kirk es que, cuando subía a un avión, si veía un piloto negro le haría pensar: “Ojalá esté cualificado”. Aunque sus defensores dicen que no es un comentario racista, que ha sido descontextualizado, ya que está haciendo referencia a la formación y no la composición genética, la idea es clara: si eres de una minoría y eres profesional, eres de sospechar, porque seguro no tienes la misma calificación que los demás, ya que has recibido la “ayudita” del Estado u otras fuentes externas. Por ende, no eres eficiente. No obstante, rara vez critican a la persona que accede por contactos, hecho que se ha normalizado (al amiguismo o parentesco como criterio para seleccionar personal).
La forma más común de discriminación, no obstante, es la económica y hay muchos que acceden a la educación superior, por ejemplo, porque pueden pagarla, a pesar de los méritos de otros, que alcanzan los puntajes pero no la billetera. También hay aquellos que acceden por las redes sociales, especialmente el estatus social, lo que comúnmente llamamos las “argollas”. Últimamente a estos se les llama “bebes del nepotismo” (en inglés ‘nepo babies’), porque consiguen su trabajo por cuestiones de sangre o estatus. Son los hijos e hijas y allegados de personas bien posicionadas que consiguen cargos por estas conexiones y no necesariamente por sus méritos. Lástima que los conservadores no tengan mucho que decir al respecto. Por el contrario, lo aceptan como parte del ejercicio de poder y nos encontramos gobiernos de derecha con muchos cargos públicos, ocupados por familiares, socios, amigos y paisanos.
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