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El Perú entre dos imperios
“Aunque el riesgo geopolítico es alto, el Perú tiene que aprender a sacar el mejor partido posible de esta competencia, sin agachar la cabeza”.
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Analista político
Resumen
Este resumen es generado por inteligencia artificial y revisado por la redacción.

La nueva estrategia de seguridad nacional de Estados Unidos impele a ese país a recuperar el control de su “zona de influencia”, América Latina, como nunca antes. Su primer objetivo es evitar que algunos países sean usados como base de operaciones de potencias adversarias. Ha presionado a Panamá para que empresas chinas salgan de los puertos del canal, ha descabezado a Venezuela para trabajar con una cúpula chavista ya domesticada, busca la caída del régimen cubano, convoca a Petro y ataca a las narcolanchas.
Pero el gran objetivo económico de seguridad nacional es recuperar las industrias que se han deslocalizado, tanto las tradicionales como las de alta tecnología. La autarquía. Una versión contemporánea del mercantilismo del siglo XVIII. Ha inducido a México a imponer aranceles del 50% a las importaciones chinas, incluyendo las autopartes. No quiere importar automóviles chinos disfrazados de norteamericanos o europeos.
Quiere producirlo todo. Para ello requiere controlar el acceso a los insumos críticos para las nuevas tecnologías. No depender de China para las tierras raras u otros minerales. En la próxima cumbre con varios presidentes latinoamericanos, Trump seguramente les pedirá a Milei y a Rodrigo Paz que resuelvan los contratos que tienen con empresas chinas para la explotación del litio. Si Estados Unidos cumpliera su objetivo de producirlo todo, necesitará el cobre peruano que ahora exportamos a China.
El Perú concentra la tensión geopolítica entre las dos potencias por su bifrontalidad: nos estamos alineando con Estados Unidos en lo geopolítico, pero nuestras relaciones comerciales y de inversión se dan principalmente con China. Estados Unidos nos ha declarado aliado principal extra-OTAN y va a construir una nueva base naval (pagada por nosotros) a solo 55 kilómetros del puerto de Chancay. Estamos cambiando la matriz rusa de armamentos: quizá compremos los F-16 norteamericanos, hemos firmado un convenio con Corea del Sur para construir submarinos y tanques, y estamos adquiriendo artillería de Israel, dos aliados íntimos de Estados Unidos. Habría que pedirles el Pegasus para interceptar los WhatsApp extorsionadores y levantar el veto que nos impide derribar narcoavionetas. También hemos firmado el acuerdo sobre minerales críticos.
Pero lo que temíamos: el puerto de Chancay ya entró en disputa. El Departamento de Estado se ha quejado de que el Perú ha perdido soberanía luego del fallo judicial que saca a Ositran de la supervisión del puerto que, dice, está en manos de “depredadores chinos”. Son palabras fuertes que capitalizan la mala reputación de algunas empresas. La embajada china responde diciendo que, más bien, son esas expresiones las que interfieren con la soberanía. Ambos imperios apuntan a activar una reacción antiimperialista respecto del otro.
El nuevo embajador de Estados Unidos, Bernie Navarro, es un activista político antichino: se sumó al comunicado agregando que “lo barato sale caro”, ha denunciado saqueo y depredación de los pesqueros chinos en mar peruano, y ya le dijo claramente a Jerí que la comida que hay que pedir es la hamburguesa americana. El humor sin duda ayuda a suavizar la directiva.
Aunque el riesgo geopolítico es alto, el Perú tiene que aprender a sacar el mejor partido posible de esta competencia, sin agachar la cabeza.
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