¿Qué tan sinceros somos con nosotros mismos? ¿Y qué tan sinceros somos con los demás respecto de lo que realmente creemos? Cualquiera que haya participado en dinámicas grupales sabe que, cuando controlamos cierta información, a menudo carecemos de incentivos para ser plenamente cooperativos. Con frecuencia, el incentivo real es engañar para ganar, o simplemente para evitar que el grupo conozca lo que realmente pasa por nuestra mente.
Solemos pensar que las encuestas nos permiten revelar el estado de la opinión pública. Sin embargo, existen múltiples incentivos para que las personas no expresen sus opiniones con sinceridad en ellas, ya sea por el propio diseño de las encuestas o porque los encuestados deciden conscientemente no exponer sus verdaderas preferencias.
Una investigación reciente de Smallpage et al. (2022) ilustra bien estas limitaciones al estudiar un fenómeno específico: la creencia en teorías de conspiración. Es sabido que muchas personas creen en ellas e incluso que su popularidad podría estar en aumento. Al menos todos hemos escuchado alguna de estas teorías a través de un conocido o incluso de un amigo. Una encuesta realizada hace algunos años revelaba, por ejemplo, que una proporción significativa de peruanos creía que Alan García seguía con vida. Aunque algunas de estas creencias pueden resultar risibles, otras tienen consecuencias potencialmente peligrosas, como aquellas que sostienen que grupos ocultos buscan la desestabilización mundial, alimentando el rechazo hacia determinadas etnias o religiones.
Lo más interesante que encontraron estos académicos es que quienes creen en teorías de conspiración suelen ser conscientes del rechazo social que genera expresarlas abiertamente y, por ello, tienden a ocultar esta información en encuestas de opinión pública redactadas de determinadas maneras. Por ejemplo, cuando una encuesta pide al entrevistado que indique explícitamente si cree o no en teorías de conspiración específicas incluidas en una lista predeterminada, muchos optan por no revelar esta información. En cambio, cuando a esas mismas personas se les pide únicamente señalar en cuántas teorías creen, sin precisar cuáles, tienden a responder con mayor sinceridad. De ello se desprenden dos enseñanzas claves: primero, que no todas las personas responden las encuestas de manera honesta; segundo, que muchas ocultan deliberadamente información al hacerlo.
Esto nos conduce a las encuestas de opinión electoral. Conviene prestar atención al bolsón de votos indecisos. Al comparar estos resultados con los meses previos –en el caso de Ipsos, de octubre a diciembre, y en el de Datum, de diciembre a enero– se observa un descenso en la intención de voto en blanco, viciado o por ningún candidato, acompañado de un aumento en la proporción de quienes no precisan o no saben por quién votar, aunque no necesariamente en la misma magnitud. Según estas encuestadoras, el voto no precisa/no sabe se situaría actualmente en promedio en 17% y el voto blanco, viciado o ninguno en 27%.
Muchas de estas personas se encuentran genuinamente indecisas y, como suele ocurrir en el Perú, irán definiendo su preferencia conforme avance la campaña. Sin embargo, tambi
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