En épocas electorales, una práctica habitual es fijarse en las propuestas de los candidatos para discernir cuáles convienen más al país. Está muy bien. Sin embargo, nuestra experiencia de los últimos 25 años aconseja dar máxima importancia al tipo de persona que estará al frente de la nación. Es posible que sus limitaciones le impidan llevar adelante el mejor plan. Lamentablemente, es muy difícil conocer aspectos interiores de un político, los valores que posee o que le faltan. Aunque José Jerí tuvo objeciones desde que fue designado por el Congreso, siendo una de ellas que representaba a una mayoría desprestigiada, nadie podía imaginar que, una vez en el poder, optara por seguir siendo facilitador de los negocios de empresarios chinos. Hoy confirmamos que carece de condiciones para ser presidente.
Por eso es oportuno revisar 10 requisitos que académicos investigadores de políticos latinoamericanos señalaron como indispensables para quien desempeñe la presidencia del Perú. La elección de estas cualidades puede discutirse, pero la lista, que empieza a circular públicamente, permite reflexionar sobre algo que nunca se discute: las personalidades. El orden en que mencionaré los atributos no indica ninguna jerarquía, aunque es evidente que unos pueden ser más importantes que otros. El primero es que el presidente debe ser honesto. Es una demanda también señalada por la población cuando responde encuestas.
Honestidad no solo significa que no robará, sino que no dejará robar, para lo cual debe desplegar un intenso activismo. Pues el corrupto no solo amaña licitaciones o impulsa grandes obras innecesarias, sino que incursiona en las modalidades más creativas, que incluyen el reparto de cuotas laborales a los aliados del gobierno, causando ineficiencia por doquier. Por encima de todo, el presidente debe ser un referente para el empleado público: austero, laborioso, practicante de la mayor transparencia, demostrando que sabe diferenciar lo privado de lo público. Una actuación ejemplar puede dar mejores resultados que leyes cada vez más recargadas con la retórica de siempre.
El segundo requisito es que sea veraz. Una característica opuesta a la veracidad es la común demagogia, que implica mentir para obtener preferencias, pero hay algo peor que un charlatán: un encubridor, que usa el poder para impedir que la población conozca hechos relevantes. Es lo que hacen presidentes cuando entorpecen investigaciones que los afectan a ellos o a su entorno, o despliegan maniobras para distraer a la población de un escándalo. Aunque en el ejercicio de la política menudean los sofismas y las medias verdades, al punto que el discurso engañoso es tolerado, en un primer mandatario resulta inaceptable la mendacidad en asuntos fundamentales. Durante la pandemia de la COVID-19, el Perú vivió desinformado. Un embustero no debe ser presidente y el nombre que más rápidamente viene a la memoria es el de Martín Vizcarra.
Tercera cualidad: democrático. En lo fundamental, esto implica adhesión al sistema de elecciones libres, división de poderes, rendición de cuentas, igualdad ante la ley y otros valores que permiten libertades civiles y participación de los ciudadanos en las decisiones. Todos se dicen democráticos, pero lo que verdaderamente importa es que no tengan una agenda oculta para subvertir el orden constitucional. Algunos candidatos de izquierda, bajo la bandera de una asamblea refundacional, pretenden controlarla para quedarse en el poder, en el camino de Hugo Chávez y otros. Pedro Castillo puso en marcha un golpe de Estado. Desde la derecha también puede venir esta amenaza, como lo demuestran acciones despóticas de Donald Trump en los Estados Unidos –donde están asesinando a manifestantes inofensivos y arrestando a periodistas– o Viktor Orban en Hungría. Fuera de casos extremos, lo que se espera de un presidente es que tolere críticas, que no persiga a la prensa ni a sus adversarios, y que proteja los derechos humanos, entre otras garantías.
La cuarta cualidad, empático, tiene que ver con su capacidad de conexión con la ciudadanía. Es extremadamente difícil que un mandatario sin este atributo tenga éxito en el Perú. Algunos poseen naturalmente el don de conectar con la gente, pero el requisito planteado aquí no se limita a su simpatía. Consiste en la actitud de buscar saber lo que piensa y siente el ciudadano. Sin ese ánimo no podrá ser un buen presidente. La falta de empatía era clamorosa en Dina Boluarte, quien, hasta el final de su gestión, no pudo saber por qué la población no la amaba sino precisamente todo lo contrario. Atribuyó su impopularidad a los medios, conforme se lo decían sus ministros más solícitos.
Quinto requisito: competente. Debe conocer el país, tener ideas sobre cómo resolver los problemas principales y liderazgo comprobado en las actividades públicas o privadas que haya realizado. No puede ser un improvisado, un bueno para nada. Nuevamente pugna por ser mencionado el nombre de Pedro Castillo, lo que sirve para hacer notar que un candidato puede tener más de una discapacidad. Ser corrupto e incompetente, por ejemplo. Algunas cualidades de la lista están relacionadas entre ellas, pero tienen valor en sí mismas. Así, la sexta es que sea un rendidor de cuentas, algo vinculado a una conducta transparente. Los líderes, especialmente ante una fiscalización opositora, temen admitir sus errores o modificar políticas. ¿Tu candidato tiene ese defecto y culpa a terceros? No es el indicado.
La séptima cualidad es que sea meritocrático; es decir, que reclute a personas capaces y diversas como ministros, asesores o consultores. La octava, que sea inclusivo: gobernará para todos, en el sentido de que no procurará beneficiar solo a su base social sino incluso a sectores que le son adversos. Cuando Nelson Mandela salió en libertad, después de estar preso 27 años, tenía un proyecto de sociedad que incluía a sus carceleros blancos (a quienes invitó a su toma de posesión como presidente de Sudáfrica).
El presidente debe también ser concertador, un atributo que no debe confundirse con la falta de firmeza, porque esencialmente tiene que ver con la capacidad para construir mayorías que permitan aprobar sus políticas en el Congreso. Trump lo hace amenazando, aunque los resultados no siempre lo acompañan. El argentino Javier Milei está obligado a concertar, a regañadientes, para que su programa no quede estancado. En el Perú, un presidente sin mayoría parlamentaria y sin condiciones para negociar está condenado a ser un títere de sus adversarios y no merece su alto cargo. El décimo requisito es que sea digital, o sea, que tenga capacidad y disposición a comunicarse en las redes sociales con la población, siendo al mismo tiempo responsable en el uso de las mismas y no un troleador más.
Esta lista de cualidades, preparada en jornadas individuales y de grupo por Jennifer McCoy (Estados Unidos), Max Cameron (Canadá) y Manuel Alcántara (España), tiene una nutrida bibliografía de estudios comparados que le sirve de base. Como ha quedado dicho, los requisitos pueden o no ser los más importantes, o algunos no imprescindibles. De los candidatos en liza, ninguno los reúne todos, como es obvio, y muchos quizá no llegan a la mitad. Una actitud práctica es que el votante se pregunte cuáles adornan o le faltan a su candidato favorito. Por mi parte, añadiría una cualidad más: el coraje. Un presidente cobarde no podrá hacer reformas que lo enfrenten a otros poderes, al pueblo o a una presión mediática. No podrá rediseñar la descentralización para no ofender el orgullo de las provincias, ni reducir el Estado allí donde se regalaron puestos públicos para no chocar con los trabajadores. ¿Es mucho pedir que, además de honesto, demócrata, etcétera, sea también valiente? Examinemos la cédula electoral para contestar.
*El Comercio abre sus páginas al intercambio de ideas y reflexiones. En este marco plural, el Diario no necesariamente coincide con las opiniones de los articulistas que las firman, aunque siempre las respeta.