Sigo con algunas reflexiones sobre la dinámica de la polarización política en nuestro país. Decía que, primero, en el mundo de la derecha, posturas populistas y conservadoras fueron desplazando a las más liberales; esto se expresó, por ejemplo, en la caída del presidente Kuczynski y sus enfrentamientos con Fuerza Popular. Luego los casos Lava Jato desde el 2016 y los “CNM Audios” desde 2018 abrieron una dinámica de judicialización de la actividad política en la que, en los hechos, se terminó generando un amplio frente de oposición a las investigaciones anticorrupción y a la reforma del sistema de justicia, sin una fuerza consistente que las impulsara.
Esta agenda fue promovida por el presidente Vizcarra, quien, sin partido o bancada congresal de respaldo, se enfrentó a la mayoría fujimorista en el Congreso elegido en el 2016 sobre la base de la movilización de la opinión pública. El problema es que, a la larga, la identificación entre el liderazgo de Vizcarra y las reformas que promovió terminó debilitándolas.
Así, si bien Vizcarra ‘triunfó’ en su confrontación con el fujimorismo con el cierre del Congreso de setiembre del 2019 y la conformación de uno nuevo en marzo del 2020, con el tiempo percibimos que el cierre del Congreso y las iniciativas impulsadas por Vizcarra terminaron siendo vistas como “amenazas existenciales” para buena parte de las élites políticas. Así, fuerzas inicialmente percibidas como moderadas, como Acción Popular, Alianza para el Progreso y Somos Perú, fueron desplazándose hacia posturas populistas y a defender prerrogativas parlamentarias frente a las “imposiciones” del Ejecutivo. Esto hizo que Vizcarra terminara siendo vacado en noviembre del 2020 por el Parlamento que supuestamente iba a legitimar sus decisiones previas.
Si bien la caída del gobierno de Merino y su sucesión por Sagasti abrieron nuevamente la posibilidad de cierta dinámica centrista, las tensiones que impuso el manejo de la pandemia y el ‘Vacunagate’, revelado en febrero del 2021, minaron seriamente la credibilidad de Vizcarra, pero también del centro político y de la agenda que encarnó en su momento. Las elecciones del 2021 terminaron ocurriendo en medio de la segunda ola de contagios y fallecimientos, lo que terminó afectando a las candidaturas más moderadas y abriendo oportunidades para posturas más extremas, tanto en la izquierda como en la derecha.
En cuanto a la dinámica de polarización, Castillo resultó ser un gran potenciador. Aunque partía de una situación de gran precariedad, la radicalidad de su discurso y su “otredad” como personaje despertaron grandes miedos en el mundo de la derecha, que se radicalizó muy rápidamente. Al mismo tiempo, desde la izquierda, otros sectores sí se sintieron representados por el liderazgo de Castillo, sintiéndose agredidos y acosados por la derecha y “traicionados” por sectores más moderados. Los más pragmáticos de ambos lados en el Congreso terminaron acordando posteriormente en torno a agendas conservadoras y populistas, pero el resultado es que los sectores radicales de derecha y de izquierda lograron desplazar a los más moderados. La derecha es liderada por quienes asumen la necesidad de entrar a la “batalla cultural”, y una izquierda debilitada y sin opciones de poder reales puede darse el lujo de la radicalidad extrema. Ojo que todo esto sucede en el mundo de las élites políticas y sociales, no tanto en el electorado.
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