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Las islas de los “hombres bestia”
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En la Isla del Doctor Moreau, una novela de ficción escrita en 1896 por H.G.Wells, el renombrado autor inglés narró la historia de un náufrago que llegó nadando a una isla ignota. Y fue en aquel espacio geográfico, que por milenios expresó las fantasías de Occidente, que un visitante inesperado fue testigo del accionar de un científico demente que trabajaba en la modificación genética de los animales. En su obsesión por ser Dios, Moreau se embarcó en la creación de “los hombres bestia+”, una suerte de híbrido con pretensiones racionales, que trastocaron no sólo las leyes de la naturaleza sino los fundamentos de la ética humana. La Isla del Dr. Moreau es una crítica social dirigida a las perversiones de una sociedad que, como la Europea, intervenía en códigos milenarios y, lo que es más grave aún, alteraba los balances naturales de la vida, sin tomar en consideración los daños colaterales que tremenda omnipotencia podría causar. Wells, quien abordó el tema de la vivisección de animales, una práctica que despertó sentimientos encontrados en la Inglaterra Victoriana, se adelantó al concepto de la “manufacturación de monstruos” y a la ingeniería genética, que hoy enfrenta una serie de críticas y dilemas.
El mundo distópico de experimentación demencial y de seres deformados por psicópatas, como fue el caso del Dr. Moreau, vino a mi memoria cuando vi a la presidenta Dina Boluarte —quien hoy celebra extasiada al pan con chicharrón— caminando entre los escombros de una isla poblada de memorias aterradoras. Ciertamente, a raíz de una serie de eventos históricos que no fueron debidamente analizados, procesados e incorporados en el torrente de nuestra memoria colectiva, “la utopía republicana” de los discípulos del gran Toribio Rodríguez de Mendoza ha derivado en una distopía, cuya expresión es la fantasía punitiva de la Isla del Frontón. Porque así como el Dr. Moreau experimentó, sin medir los resultados de su delirio, el Perú sigue siendo un riquísimo laboratorio donde personajes mediocres e inescrupulosos están enfrascados en una serie de experimentos que faltan el respeto no solo a una ciudadanía agotada, sino a nuestra historia, a la naturaleza, pero principalmente a la razón. La presidenta Boluarte, quien, en estado de incontinencia verbal, conduce una frenética agenda prebendaria, en la que se reparte, a diestra y siniestra, el fruto del trabajo honesto de millones de peruanos, no tiene ningún reparo en llevar su portátil personal a Palacio de Gobierno con la finalidad de alabar su “coraje”. Mientras sus abogados penalistas (¿cuándo será el día que tengamos biólogos, oceanógrafos, geógrafos y otros científicos en Palacio de Gobierno?) la blindan de todas las formas posibles. Lo cierto es que ya nadie duda de las centenares de denuncias que aparecerán, apenas deje el escenario y los trajes de cocktail a los que nos tiene acostumbrados.
El experimento de intervención sobre la naturaleza y de “civilización” de espacios sagrados ancestrales, en nombre del “progreso”, no se circunscribe a la presidenta a la que todo, excepto ella misma, le resbala. Ayer asistí con mucho interés e incluso con esperanza a la Audiencia Municipal de La Punta y me encontré con el oportunismo de los políticos que, por desgracia, nos gobiernan. Porque indigna que una serie de congresistas, entre ellas una acusada de mocharle el sueldo a sus empleados y proponer el envío de presos a las cárceles de Bukele, de la mano con el alcalde de La Punta, aprovechen la coyuntura del problema carcelario y el proyecto de El Frontón para impulsar intereses particulares, que ya deben tener nombre y apellido. Queda claro que en estos tiempos de lotización del Estado, poco importan los ecosistemas, la sacralidad de la Isla San Lorenzo —un apu prehispánico— y sobre todo el bien común y la tranquilidad de un distrito modelo como lo es La Punta. Escuché horrorizada las arengas populistas de la congresista Patricia Chirinos, la misma que hace algunos años propuso, muy al estilo Doctor Moreau, un “mega proyecto” millonario y, en sus palabras, “disruptivo” que consistía en convertir San Lorenzo, Palomino y el Frontón en un “distrito insular”. Su fantasía distópica es llevar al lugar, donde se argumenta no hay agua y desagüe, “lujosos hoteles, modernos embarcadores, restaurantes, malls” e incluso un parque temático llamado Callaolandia (sic). El engendro político que hoy sufrimos se propone convertir islas bellas y milenarias en una verdadera monstruosidad. ¡No lo permitamos!

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