Durante años miramos a la televisión como la gran formadora de opinión y a YouTube como un simple pasatiempo digital. Hoy, mientras unos declaran la muerte de la TV y otros celebran el reinado de los youtubers, una nueva industria crece en silencio, mueve millones y redefine cómo consumimos contenidos.
Ni la tele es tan básica como algunos creen, ni YouTube es una feria de tonterías sin rumbo. Por si no lo sabía, se está larvando un fenómeno interesante al que hay que prestarle más atención: una transformación profunda en la forma de crear contenidos y conectar con audiencias que ya no se limitan a mirar, sino que participan, opinan y eligen activamente qué consumir.
Esta semana, por ejemplo, el lanzamiento de un nuevo programa de streaming de una conocida figura televisiva generó revuelo. Las cifras de visualizaciones sorprendieron a muchos en las primeras horas de emisión de su programa inaugural, despertando sospechas en otros. Más allá del chisme digital, la escena es reveladora: hoy el éxito ya no se mide solo en ráting o fama previa, sino en vistas y contenido compartido.
En YouTube hay de todo: entretenimiento, sí, pero también divulgación, análisis, emoción y formatos cada vez más profesionales. Periodistas que profundizan temas que en televisión duran apenas minutos, mujeres que comparten experiencias de crianza con sus hijos, y aficionados al fútbol que analizan partidos con más rigor que varios programas deportivos. Todo conviviendo en una plataforma que, por su sofisticación, dejó de ser un hobby.
Y es ahí donde aparece esta nueva industria de creadores de contenido, a los que conocemos a secas como youtubers, pero que, en el fondo, son una nueva especie de emprendedores digitales. Algunos emplean a decenas de personas, trabajan con más de veinte marcas al año y han visto crecer sus ingresos hasta en 200% en solo 12 meses.
Las agencias de publicidad lo tienen claro. El atractivo está en el alcance que logran, la capacidad de generar confianza y la posibilidad de que las audiencias se involucren con la creación de contenido. Además, de todo, YouTube permite segmentar audiencias y medir impacto real en visitas o ventas, algo impensable para la televisión tradicional.
Eso sí, aún no hay cifras consolidadas de inversión publicitaria en estos canales manejados por youtubers, aunque todo apunta a un crecimiento acelerado en los próximos años. Algunas proyecciones incluso hablan de una posible duplicación de la inversión en video digital en un horizonte cercano.
Pero –y aquí viene la parte menos glamorosa– esto no garantiza un futuro luminoso para todos. Como en cualquier industria creativa, hay muchos intentando abrirse camino y solo unos pocos lograrán consolidarse. El streaming abre oportunidades para nichos que la televisión abierta nunca consideró rentables: historia, ciencia, tecnología o educación. Comunidades pequeñas, pero fieles.
Detrás de cada video aparentemente espontáneo hay planificación, estrategia, horas de edición y análisis de datos. Nada es tan improvisado como parece. Al final, ni la televisión está moribunda ni YouTube es un juego sin reglas. Estamos frente a una industria que ya mueve dinero, empleo y marcas, aunque todavía busca un modelo sostenible. Florece rápido, sí, pero con un futuro que aún se está escribiendo en tiempo real.
*El Comercio abre sus páginas al intercambio de ideas y reflexiones. En este marco plural, el Diario no necesariamente coincide con las opiniones de los articulistas que las firman, aunque siempre las respeta.