Tras la valiente abdicación de Benedicto XVI, profundo, profuso teólogo, compositor y pianista, , jesuita argentino, fue sorpresa y contraste. De trato fácil, palabra sencilla y casi ascético, escogió su nombre por el santo de Asís, quien asumió la pobreza como práctica evangélica y misionera.

La preocupación social no es nueva en la Roma de Pedro y Pablo. Por espacio no puedo referirme a aportes de otros papas, pudiendo ser el primero León XIII.

Seis décadas después, un cardenal de origen campesino de 77 años fue ungido pontífice por cardenales electores reformistas y ortodoxos. Por su avanzada edad intentaron postergar una luenga batalla dogmática. Ya soberano, Juan XXIII, el Papa bueno, sorprendió urbi et orbi convocando al Concilio Vaticano II. Las reformas introducidas –deseando una suerte de actualización del cristianismo primigenio– aligeraron a la de rígidas reglas y lograron una equidistancia entre la inquisición socialista y la expansión capitalista.

Juan Pablo II –polaco, empático, mediático y firme– padeció el comunismo en su tierra y lo embistió promoviendo la desintegración soviética. Se sintió obligado a cargar la cruz hasta morir.

Benedicto XVI reivindicó al matemático, astrónomo y canónigo Copérnico, sosteniendo la compatibilidad de la fe con la razón. Intentó aplacar las pugnas intestinales vaticanas, las acusaciones de abusos sexuales dentro de la Iglesia y el impacto ‘vatileaks’. Abdicó reconociéndose desprovisto de fuerzas suficientes para continuar batallando; optó por jornadas apacibles estrenando la denominación de Papa emérito.

El papado de Francisco fue singular. Confrontado a una feligresía ahora más compleja y heterogénea, y con acentuados retos como ataques fundamentalistas, iglesias menos concurridas, decreciente vocación sacerdotal y menos prácticas católicas en los bastiones tradicionales del catolicismo, algunas de sus expresiones fueron tildadas –por ciertos prelados, canónigos, sacerdotes y feligreses– de relativistas, comunistas o peronistas.

Acorde con su interpretación, sostuvo que la Iglesia debía ser más actuante y visible en la “demografía marginal”, e hizo un llamado –sutilmente criticado– para que deje de ser autorreferencial. En “Evangelii Gaudium 94″ lo explicita: “Los que se sienten superiores a otros porque observan determinadas normas… por su presunta seguridad doctrinal o disciplinar, por su elitismo narcisista y autoritario”.

Asimismo, criticó la mercantilización de la persona –que pasó de ser sujeto a ser objeto– y conjuntó el perdón, el diálogo entre las naciones, procuró mayores entendimientos entre las religiones, la revalorización de los pueblos indígenas, la fraternidad universal, la no exclusión y la “ecología integral”, convocándonos a ser los guardabosques de la “casa común”.

Para el difunto pontífice, la sinodalidad es la comunión de la Iglesia –y de quienes la conformamos– con el cuerpo vivo de Cristo; es la fuerza del compromiso evangelizador como el signo católico del presente siglo. Sostenía que la buena política debía ser cántaro de personas honestas, profesionales y capaces de servir a los demás resolviendo sus problemas y superando la extendida indiferencia mediante la solidaridad. Preocupado por la paz y la ética, fundamentó los desafíos que nos plantea la inteligencia artificial por su naturaleza disruptiva.

Francisco no visitó Argentina, sí el Perú hace seis años. Dirigiéndose a comunidades indígenas en Puerto Maldonado citó una reflexión de Exégesis 3.5:

“Quienes no habitamos estas tierras necesitamos de vuestra sabiduría y conocimiento para poder adentrarnos, sin destruir el tesoro que encierra esta región y que hace eco las palabras del Señor a Moisés: quítate las sandalias porque el suelo que estás pisando es tierra santa”. Francisco, guste o disguste, desarrolló así su cosmovisión teológica y social cristiana, acaso, su principal legado.

Bonifacio VIII instituyó el jubileo hace 725 años. Francisco, el pasado 24 de diciembre, declaró el inicio del año jubilar abriendo la puerta santa para que quienes la atravesaran experimentaran “la gracia de la misericordia” y obtuviéramos la indulgencia plenaria. Días después, junto con mi esposa Patricia, fuimos recibidos solos en audiencia privada especialmente cordial. Nos despidió subrayando la obligación global de desterrar la violencia y la corrupción.

Descansa en paz, padre Francisco.



*El Comercio abre sus páginas al intercambio de ideas y reflexiones. En este marco plural, el Diario no necesariamente coincide con las opiniones de los articulistas que las firman, aunque siempre las respeta.

Javier González-Olaechea Franco es Excanciller de la República

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