Para quienes nacimos entre los 90 y los 2000, hemos vivido lo que podría considerarse la época dorada del Perú. Sin embargo, todo eso podría estar llegando a su fin y podríamos empezar a enfrentar un escenario similar al que vivieron nuestros padres y abuelos. Sé que esto puede sonar alarmista y que algunos pensarán que exagero, pero prefiero pecar de precavida antes que de distraída.
Hay una verdad ineludible: en pocos años seremos la nueva clase dirigente del país, si es que ya no lo somos. Ya hemos participado en varias elecciones, o, en el caso de los más jóvenes, esta será su primera experiencia votando. Todos, sin excepción, hemos crecido en un mismo contexto: un Perú con crecimiento económico, inflación controlada y una economía abierta al mundo, dispuesta a recibir inversión. Pero todo eso podría desaparecer si no asumimos la responsabilidad en nuestras propias manos.
Tenemos que dejar atrás el infantilismo político y la idea constante de que “alguien más se hará cargo”. ¿Se han fijado cuántos jóvenes buscan realmente involucrarse en política o siquiera hablar de ella? Según una encuesta del IEP de noviembre de este año, casi la mitad de los jóvenes de 18 a 29 años reportan tener poco o nada de interés en la siguiente campaña electoral. Quienes se mantengan al margen de ella siempre podrán ser víctimas de la seducción de algunos políticos que buscan a un chivo expiatorio o a alguien servil a sus intereses.
Me preocupa profundamente que nuestra generación no estudie economía. Que se pierda de vista que el Congreso no debería tener iniciativa de gasto. Que no se lea en los periódicos cuánto ha crecido el gasto del Estado en los últimos 10 años ni cuáles son las consecuencias de ese crecimiento. Como mínimo, déficit. Y, en el peor de los casos, emisión monetaria si llegan al poder populistas que no respeten la autonomía del BCR. Pronto tú y yo cargaremos con un elefante gigantesco, demasiado pesado de sostener, y lo peor es que, por ahora, para muchos sigue siendo invisible. No entenderán por qué las cuentas empiezan a subir sin control.
Si la trayectoria del Estado continúa como hasta ahora, pronto será más competitivo trabajar en el sector público que en el privado; de hecho, ya lo es. Esto implica que el sector privado formal –que ya representa una minoría de la fuerza laboral– se debilitará aún más, dejando de generar riqueza. Para colmo, se eligen políticos que buscan exprimir cada vez más a esa minoría, en lugar de pensar en soluciones que amplíen la base tributaria; es decir, que más personas paguen impuestos pero a tasas más bajas, o que no haya cambios tributarios tan abruptos cuando nuestras empresas crezcan.
Pronto entenderemos lo que realmente significa hacernos cargo. Tendremos hijos, tendremos nietos y pensaremos en el futuro que les dejamos. A nuestros padres ya les debe de angustiar el mundo que nos dejan. ¿Ya se pusieron a pensar en todo esto?
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