Para Oxford University Press —y también para otras casas de estudios lingüísticos de peso como Dictionary.com o la American Dialect Society—, six seven (6-7) ha sido señalada como una de las expresiones del año. No es un dato menor. En muy poco tiempo, este código nacido en redes sociales frecuentadas por púberes y en videojuegos como Roblox y Minecraft saltó al uso generalizado, hasta aparecer en boca de figuras públicas. El momento en que el primer ministro británico, Keir Starmer, la utilizó en un contexto informal de visita a una escuela terminó de sellar su pasaporte a la conversación adulta y global.
La importancia de six seven radica, paradójicamente, en que no tiene una traducción ni un significado concreto. En Roblox o Minecraft puede funcionar como brainrot, una recompensa aleatoria o un gesto sin sentido preciso. Pero para los usuarios de hoy, six seven equivale a decir: sigamos, avancemos, no importa cómo, importa la actitud. Es una disposición lúdica a continuar en el juego aun sin dominarlo del todo, pero participando. No es poca cosa.
En los códigos sociales de las redes, esta actitud es central porque es eminentemente emocional. Guarda correlato con otras expresiones de época como el FOMO (fear of missing out) o la participación compulsiva en virales. Allí está una de las claves de su expansión: un deportista la usa, acompaña el gesto con movimientos de manos, y la expresión se vuelve performance corporal y visual. El mensaje ya no se explica; se encarna.
El ascenso de six seven como expresión general dice mucho del tipo de comunicación dominante hoy: una comunicación emocional, donde las adhesiones no se construyen por razonamientos sino por identificaciones con corrientes, tendencias y estilos. Estudios cuantitativos recientes, como el Global Digital Report 2024 de We Are Social y Meltwater, muestran que más del 60% de los usuarios globales de redes interactúa principalmente con contenidos que les hacen sentir parte de algo, más que con información que busca convencerlos racionalmente.
En realidad, siguiendo a Peter Burke y su estudio “Hablar y callar” (2001) sobre las funciones sociales del lenguaje a lo largo de la historia, no estamos ante algo completamente nuevo. La función del lenguaje como un modelador, y a la vez, reflejo, de las relaciones sociales, siempre estuvo allí. Lo distintivo hoy no es la fuerza del símbolo, sino la centralidad del contexto: un entorno donde la razón es secundaria, las causas se vuelven estéticas y el gusto por “estar en el flow” organiza la experiencia social. Investigaciones del Pew Research Center confirman que, especialmente entre jóvenes, la pertenencia simbólica pesa más que la coherencia argumental.
Claro que este mismo ecosistema explica la normalización de las fake news: contenidos que muchos saben falsos, pero que igual circulan porque generan adhesión emocional. Ese es el riesgo que hay que atenuar con educación y alfabetización mediática.
Pero, bueno, six seven. Toca seguir adelante, con una actitud pedagógica paso a paso, pensando en que quienes hoy juegan y participan desde la emoción deberán, mañana, equilibrar esa lógica cuando les toque liderar el juego en la vida adulta.
*El Comercio abre sus páginas al intercambio de ideas y reflexiones. En este marco plural, el Diario no necesariamente coincide con las opiniones de los articulistas que las firman, aunque siempre las respeta.