Al Perú, en general, le ha ido mal cuando ha tenido que enfrentar retos vinculados a fenómenos naturales. En el 2017, por ejemplo, el Fenómeno El Niño (FEN) devastó una parte no menor de la infraestructura, viviendas y cultivos de la costa norte del país. Nueve años después, las labores de prevención y reconstrucción siguen en marcha. En el 2023, un nuevo FEN golpeó al país y fue el principal responsable de la recesión económica de ese año. A pesar de ubicarnos en una zona expuesta a estos problemas, la capacidad de planeamiento y mitigación parece mínima.
Y la regularidad de estos embates parece solo agravarse con el tiempo. Ahora, un preocupante reporte de este Diario informa que “las emergencias por desastres se multiplicaron por más de cuatro entre 2003 y 2024, al pasar de 3.300 a casi 14.000 cada año”. La frecuencia de lluvias intensas, por ejemplo, se multiplicó en casi 10 veces, lo que aumenta el riesgo de inundaciones y deslizamientos.Los primeros meses de este verano ya llevan un saldo terrible: de acuerdo con Indeci, 39 personas han fallecido a consecuencia de las lluvias intensas y los peligros asociados como deslizamientos, huaicos, y derrumbes. La semana pasada, además, el Comité Multisectorial ENFEN anunció la activación de “alerta de El Niño Costero”, con lo que la advertencia inicial y formal de más lluvias y cambios de temperatura durante el 2026 está dada.
¿Por qué un país que -a lo largo de décadas- enfrenta el mismo ciclo recurrente de choques climáticos no es aún capaz de prevenir sus peores consecuencias? Quizá la principal razón sea que la inversión en mitigación de riesgos no necesariamente se alinea con los intereses políticos de corto plazo. A pesar de la mayor regularidad de las lluvias, el crecimiento poblacional y el aumento del presupuesto público, la inversión pública real para la gestión del riesgo de desastres naturales no ha aumentado (cerca de los S/740 millones por año en términos reales). Suele ser políticamente más rentable inaugurar un camino o un coliseo que invertir en los diques que prevendrán que las lluvias se los lleven en el siguiente FEN.
Con la tecnología y capacidades de construcción y planeación modernas, los fenómenos naturales regulares no tienen por qué ser devastadores y mortales. Que nos hayamos acostumbrado a ello es una pésima señal de indolencia e irresponsabilidad.