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En menos de dos semanas, la representación nacional elegirá a la Mesa Directiva que, de no producirse sobresaltos institucionales, conducirá los destinos del Legislativo hasta el final del gobierno de la presidenta Boluarte. Para todo efecto práctico, en consecuencia, la gestión encabezada por el congresista Eduardo Salhuana (APP) ha concluido y corresponde ensayar un balance al respecto. El término, sin embargo, es quizás inadecuado, pues un balance supondría poner las cosas positivas de esa administración en uno de los platillos de una balanza y las negativas, en la otra... Pero ocurre que lo primero no abunda. Lo segundo, en cambio, se distingue casi en donde se ponga la mirada.

Durante este año, en efecto, el Parlamento ha sido escenario de desaguisados individuales y colectivos, no pocos de los cuales podrían haber sido evitados o reprobados por la Mesa Directiva, y no lo fueron. Algunos de ellos incluso tuvieron como protagonista al propio Salhuana. Como, por ejemplo, el del viaje de un grupo de legisladores –que lo incluía– a China en medio de la crisis por la supuesta existencia de una red de prostitución en el palacio de la plaza Bolívar. Tampoco son desligables de su manejo del Congreso las contrataciones de diversos militantes de APP para cargos que tenían requerimientos curriculares que fueron ignorados o que fueron desempeñados con un sesgo ostensiblemente partidario. El caso de Yesenia Lozano como responsable del Centro de Modalidades Formativas del Legislativo es acaso el más clamoroso, pero no el único. La imagen de agencia de empleo del acuñismo que se ha ganado durante estas dos últimas legislaturas ese poder del Estado no es casual y mucho tiene que ver con lo que ha auspiciado o dejado hacer su saliente titular.

Lo que hemos visto durante su gestión no han sido “algunas conductas individuales reprochables”, como declaró Salhuana tiempo atrás en una entrevista a este Diario, sino de un comportamiento general del que él no se puede desentender como ha pretendido.

A ello hay que agregarle ciertamente sus inquietantes vínculos con la minería ilegal de su región, Madre de Dios, una circunstancia que él pretendió negar sin éxito. Un cuadro, en suma, que explica los pobrísimos niveles de aprobación que ha mantenido el Parlamento a lo largo de este año en las encuestas. Nada nuevo, desde luego. Vista en perspectiva con las administraciones anteriores, la encabezada por el señor Salhuana ha sido un poco más de lo mismo. Pero eso está lejos de constituir un mérito.

Editorial de El Comercio

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