Tras más de dos meses de haber sido víctima de un atentado, el senador y precandidato presidencial colombiano Miguel Uribe Turbay falleció ayer como consecuencia de las graves heridas de bala que sufrió en esa ocasión. A sus 39 años, Uribe Turbay era un político prometedor y la esperanza de importantes sectores del partido Centro Democrático y de la ciudadanía colombiana en general para suceder a Gustavo Petro y enmendar el caos y la improvisación que este le está dejando a nuestro vecino del norte.
Esa esperanza quedó en suspenso a raíz del cobarde ataque y, aunque por momentos dio la impresión de que el senador podía mejorar, ahora finalmente se ha desvanecido. Se trata de una tragedia que enluta desde luego principalmente a su familia y a sus compatriotas, pero que todos los que creemos en la democracia en Latinoamérica y en cualquier otra latitud sentimos cercana. Segar violentamente la vida de alguien que aspira al poder pacíficamente es la negación de los valores que esta enarbola. Esa es la terrible experiencia por la que pasamos los peruanos durante la guerra contra Sendero Luminoso y el MRTA, y que no podemos olvidar. Y esa es la experiencia por la que ha pasado y sigue pasando también Colombia por la acción de los remanentes de las FARC y el llamado Ejército de Liberación Nacional, así como todos los otros países donde distintos postulantes a cargos de elección popular fueron objeto de atentados criminales durante las últimas décadas, muchas veces con consecuencias mortales. México y Ecuador son los ejemplos que de inmediato vienen a la mente.
Esta tragedia es asimismo un campanazo de alerta, porque revela que la violencia política nunca se fue del todo del continente y que, más bien, está volviendo con fuerza. La posibilidad de que algo así suceda, por ejemplo, en los procesos electorales que tendrán lugar en nuestro país el próximo año no es descabellada y, si no cerramos filas desde ya contra quienes cultivan un discurso embozadamente favorable a esos comportamientos ‘revolucionarios’, so pretexto de reivindicaciones sociales y políticas, lo vamos a lamentar dentro de muy poco.
La mejor manera de rendirle tributo a Miguel Uribe es, pues, ponernos en guardia contra la amenaza que en su caso no pudo ser detenida. Aquella que encarnan los proyectos demagógicos, contrarios al Estado de derecho y las libertades ciudadanas, y que entre nosotros abundan. Para detectarlos, basta levantar la mirada y aguzar el oído.