Ayer, a pocas horas de haber concluido la Semana Santa, el mundo conoció, consternado, la noticia de la muerte del papa Francisco. Hasta hace pocas semanas, un desenlace así parecía inminente, por su estado de salud. Luego, sin embargo, el Sumo Pontífice mejoró al punto de poder dejar su internamiento clínico y hasta se lo vio participar mínimamente en alguna actividad oficial. Sin embargo, un derrame cerebral y una posterior insuficiencia respiratoria segaron la vida de Jorge Bergoglio. Ahora, la jerarquía eclesiástica deberá decidir quién lo sucede, mientras la comunidad católica le rinde homenaje y reflexiona sobre su legado.
Bergoglio fue un papa original en más de un sentido. Sacerdote argentino, fue el primer latinoamericano en liderar la Iglesia Católica. Provenía, además, de la orden jesuita: un hecho sin precedentes en la historia del papado. Y el nombre que eligió al calzarse las sandalias de san Pedro fue el de Francisco, en una evidente indicación de que se identificaba con los valores de sencillez del santo de Asís. Y, efectivamente, sus gestos permitieron acercar la Iglesia a la gente.
En lo que concierne a su pontificado, impulsó reformas con ejes en la inclusión (abriendo más espacio a la participación de laicos y mujeres), al diálogo interreligioso y a una permanente preocupación por la crisis ambiental. También creó el Secretariado para la Economía con el fin de establecer una gestión más transparente de las finanzas del Vaticano, marcadas por varios escándalos. Además, Francisco no solo pidió perdón a víctimas de abusos, sino incluso recibió a algunos en el Vaticano y creó una comisión para la protección de menores. La disolución del Sodalicio de Vida Cristiana, cuyos representantes fueron responsables de abusos execrables estuvo en esa línea de tolerancia cero hacia ese delito.
Su compasión por personas, católicas o no, que sufrían y sufren marginación de distinto grado –presos, migrantes maltratados, divorciados, integrantes de la comunidad LGTBQ y muchas otras– será recordada como una huella importante de su legado. Como todo jefe reformista, sus medidas generaron adeptos y adversarios, sobre todo dentro del propio Vaticano. Y algunos silencios, como su tibieza para condenar desde un inicio la dictadura de Nicolás Maduro en Venezuela también le generaron críticas.
Hoy, mientras los cardenales se preparan para elegir a su sucesor, el mundo empezará a reflexionar sobre sus casi 12 años de papado. Desde este espacio, nos gustaría recordarlo con el mensaje que nos dejó durante su último día de visita al Perú, en enero del 2018: “El Perú es tierra de esperanza, por la biodiversidad que lo compone y la belleza de una geografía capaz de ayudarnos a descubrir la presencia de Dios. Por la riqueza de sus tradiciones y costumbres que han marcado el alma de este pueblo. Por los jóvenes, los cuales son el presente del Perú […] Cuiden la esperanza”.